La paternidad como solución (Club Kid 2026)

Jordan Firstman debuta como director y protagonista con la historia de un promotor de fiestas neoyorquino que descubre, de golpe, que tiene un hijo de diez años. Comedia, drogas y ternura en igual medida, con la paternidad como fuerza sanadora.

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El Homoerotismo como respuesta a la guerra (Coward, 2026)

Lukas Dhont lleva la Primera Guerra Mundial a un territorio inédito: un romance entre dos soldados belgas, uno de ellos parte de una compañía de teatro que interpreta papeles femeninos para levantar la moral de la tropa. Ternura como forma de resistencia frente a la masculinidad tóxica del frente.

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Soñar con los ojos abierto (Bucking Fastard, 2026)

Werner Herzog reúne a las hermanas Rooney y Kate Mara en la historia de dos mujeres que hablan, se mueven y desean al unísono, negándose a vivir según los términos del mundo. Presentada en competencia en Venecia; Herzog recibió el Premio Donostia en San Sebastián de manos de Orlando Bloom.

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La lengua como patria imposible de Thomas Mann (Fatherland, 2026)

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Por fortuna, los juegos lingüísticos no terminan ahí: Erika, el personaje de Sandra Hüller, intercambia sin miramientos el francés por el alemán para volver al inglés, demostrando en el proceso la riqueza y los pormenores de una lengua que, muy a nuestro pesar, eventualmente forma nuestro carácter y nuestra ineludible identidad. A Mann se le cuestiona, llevando tanto tiempo fuera de su país, cuál es su casa. En una de las escenas más extraordinarias de la cinta, que en realidad es su propio arranque, Mann no puede evitar responder la pregunta con otra. Porque su casa, dein Haus en alemán, se encuentra en California. Sin embargo, la pregunta en realidad no es esa, y gracias a la complejidad de la lengua germana, es otra muy distinta: ¿dónde se encuentra el Heimat para Mann? ¿Dónde se encuentra el lugar al que pertenece, dónde se encuentra su lugar en este mundo? Eso el escritor no puede resolverlo.

Así, la cinta deja claras sus intenciones: estamos frente a un hombre a quien el mundo le exige una posición política clara, mientras que él es, por desgracia, más un ornamento cultural que un ícono político con agencia real en el mundo, y desea sortear su vida con un desapego que roza la cobardía. A pesar de que la historia tiene una fuerza demoledora al presentar los conflictos de nuestra dupla padre e hija, las viñetas cuidadosamente seleccionadas nos dejan ver un abanico de situaciones complejas y políticas. A unos nazis les repugna que se intente utilizar el nombre de Wagner para reinstaurar un teatro fascista. Los soviéticos utilizan la retórica para convencer a Mann de que no hay poeta más marxista que Goethe. Los corresponsales de todo el mundo dejan claras sus intenciones, tanto a través de su lengua como con sus preguntas específicas.

Así, el director nos entrega una película carente de carne, exclusivamente hueso: solo la materia prima se deja ver, lo cual reduce el metraje de una manera formidable, e irónicamente, esto le funciona muy bien a una cinta que se empeña en ejemplificar el alemán como una lengua ineludiblemente barroca, compleja y, por lo tanto, capaz de engañarnos. Es esta contradicción la que hace de Fatherland una cinta excelente, dinámica, rápida y a la vez muy profunda, con una fotografía magna y unas intenciones claras y congruentes que resuenan con nuestro momento presente, en el que la tibieza es castigada y en el que se espera que toda figura pública se posicione, porque ya no estamos en condiciones de esperar que una persona con influencia sobre los demás no esclarezca sus opiniones y su posición. En los tiempos de Mann, ese lujo se podía dar, pero bajo la óptica del presente, Fatherland nos deja claro que entendernos a nosotros mismos para posicionarnos ante el mundo no es un lujo: es una inminente necesidad.

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