Soñar con los ojos abierto (Bucking Fastard, 2026)

Hay algo profundamente reconfortante en volver a encontrarse con una de las obsesiones más constantes de Werner Herzog: la idea de que el ser humano necesita, de vez en cuando, anteponerse al mundo en un sentido casi utópico. Como bien dice la propia película, todo el mundo debería cavar un túnel a través de una montaña por lo menos una vez en su vida, y es difícil no darle la razón. En Bucking Fastard, Herzog vuelve a demostrar que la existencia humana requiere de una cierta romantización idílica, de una manera de relacionarse con la realidad que pocas veces se permite en el mundo contemporáneo.

La película sigue a Jean y Joan Holbrooke, dos hermanas interpretadas por Rooney Mara y Kate Mara, que hablan, se mueven y desean al unísono, a pesar de no ser gemelas idénticas. Herzog las encierra en una especie de mundo infrarreal, uno que no termina de ser del todo ajeno a nuestro esquema, pero con una serie de florituras abiertamente lyncheanas que, aunque lo intentan, no llegan a estar a la altura del delirio rampante de nuestra dupla protagónica. Son personajes que podrían tacharse fácilmente de ingenuos, pero que en realidad asumen una valentía violenta, erótica y rebelde que no acepta límites: se niegan a que el mundo las trate en términos mundanos, e insisten en vivir según su íntimo modelo del mismo, aunque eso las lleve a tener que forjarlo peldaño a peldaño.

Esa valentía extraordinaria es lo que Herzog vuelve a poner sobre la mesa, como ha hecho tantas veces a lo largo de más de sesenta años de carrera, recordándonos que soñar es una necesidad urgente, y que el derecho al mismo le pertenece a cualquiera, y en este caso, a un par de gemelas delirantes.

Para lograrlo, Herzog recurre a una narrativa prácticamente nula, episódica, que a ratos da la sensación de no ir a ningún lado, o de abrir nuevos universos cerrando los anteriores. Pero esa aparente falta de rumbo no es un defecto: Bucking Fastard no es una película de A hasta Z, no necesita dirigirse hacia ningún destino narrativo concreto. Le interesa más navegar y transgredir límites a través de situaciones que a veces refuerzan una comedia muy fina, casi bárbara en su extrañeza, y que en otros momentos entristecen profundamente al ver a las hermanas enfrentarse al mundo real bajo términos burocráticos y poco alineados a su visión romántica del vivir.

Definitivamente, Herzog acaba de entregar una de las joyas más prominentes de su carrera, una que sin duda me encantaría revisitar en unas semanas para entender mejor los artilugios e instrumentos que utilizó el maestro para llegar a tal singularidad, aunque la dedicatoria a Lynch tal vez ya lo diga todo. Y no es casualidad que, apenas un día antes de escribir esto, Herzog haya recibido el Premio Donostia en la gala inaugural del Festival de San Sebastián, entregado de manos de su propio actor, Orlando Bloom, en reconocimiento a una trayectoria que sigue, a sus ochenta y cuatro años, negándose rotundamente a dejar de soñar en voz alta.