Un escándalo legal de ambos lados de la cámara: Coyote vs. Acme (2026)

Sin poner en la mesa todo el ruido industrial que rodea a Coyote vs. Acme —enlatada por Warner Bros. por cuestiones fiscales y finalmente rescatada por Ketchup Entertainment—, la película de Dave Green merece un análisis que vaya más allá del morbo de su distribución. Reducir el debate a si es la mejor obra de animación híbrida desde ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), o a señalar la polémica financiera del estudio, nos impide ver lo que realmente importa: estamos ante una película con un corazón y una dinámica refrescante. A diferencia de otros intentos por mezclar a los Looney Tunes con el cine de acción real, esta propuesta logra ser aterrizada al mismo tiempo que es apegada al espíritu irreverente de sus personajes.

Basada en el artículo de Ian Frazier en The New Yorker, la trama le da una vuelta de tuerca brillante al eterno bucle de frustración del Coyote. Cansado de décadas de estamparse contra el suelo persiguiendo al Correcaminos —algo que la cinta recupera con nostalgia mediante fragmentos de la animación clásica— y de que los inventos defectuosos de la compañía ACME casi lo maten, decide demandar a la corporación, el personaje decide llevar la situación al terreno legal. Para ello contrata a Kevin Avery (Will Forte), un abogado de un bufete de mala muerte cuyo único objetivo real es no quebrar, viviendo de arreglos rápidos más que de una verdadera fe en la justicia.

Históricamente, cada vez que los personajes de Warner han saltado al cine, los directores han tenido problemas para justificar su presencia en el mundo real. Por eso se agradece que Green decida poner el foco en el Coyote, un personaje habitualmente secundario o “antagonista”. Al quitarle el protagonismo a Bugs Bunny, la película se aleja del empalagoso fan service de las dos entregas de Space Jam y del caos sin rumbo de Looney Tunes: De nuevo en acción (2003); aquí hay algo más profundo, desde el mito de Sísifo a la crítica social en analogía con las caricaturas.

Esta es una buddy comedy legal en donde los dos protagonistas comparten la misma maldición: el estereotipo de intentar algo con todas tus fuerzas y fracasar en el intento. El desarrollo de la trama no nace del sentimentalismo, sino de cómo se complementan en pantalla. La comedia física del Coyote encaja a la perfección con la torpeza humana del personaje de Forte, formando un frente común contra un gigante corporativo, pues es imposible no ver el paralelismo con el propio destino que sufrió la película en la vida real. La cinta nos deja un mensaje agridulce pero realista: tal vez no podamos ganarle al sistema, pero la verdadera victoria está en obligarlo a dar la cara y no rendirse jamás.