Tuve la fortuna de ver Olmo dos veces este año, primero en el Festival de Berlín y después, meses más tarde, otra vez en el FICM — y debo decir que ambas fueron un placer verdadero, de esos que no siempre se repiten con la misma calidez la segunda vez. Volver a sentarme frente a esta película en Morelia, ya sabiendo lo que venía, no le restó nada; si acaso, me confirmó cuánto de lo que sentí en Berlín no fue solo el efecto de la novedad.
Olmo marca el regreso del consagrado cineasta mexicano Fernando Eimbcke, quien, tras una década de silencio, parece completar su transición hacia las filas del cine internacional, presentando una mirada que aún reclama su lugar dentro del cine nacional, pese a llevar ya incrustado el filtro condescendiente del norte.
El Festival Internacional de Cine de Morelia de este año estuvo marcado por el regreso de directores como Paula Markovitch, David Pablos, Rigoberto Perezcano y Fernando Eimbcke. Resulta especialmente notable el caso de estos dos últimos, quienes llevaban doce años sin filmar, tras coincidir en 2013 con sus respectivas obras Carmín tropical y Club Sándwich. Ambos regresan ahora al FICM con Los amantes se despiden con la mirada y Olmo, dos películas que, pese a ser la tercera y cuarta en sus filmografías, se sienten como si a sus directores se les hubiera olvidado, un poco, cómo era que ellos mismos hacían cine — no por falta de oficio, sino como quien vuelve a un idioma que dominaba y necesita un momento para recordar sus propios acentos.
Olmo sigue la vida del niño homónimo de 14 años en Nueva Jersey. Vive con su padre enfermo de cáncer, a quien cuida junto con su hermana, mientras su madre dobla turnos en un restaurante para llegar a fin de mes. Aun así, Olmo y su amigo Miguel buscan constantemente escapar de la casa, intentando impresionar a su vecina Nina.
La historia retoma los temas habituales de Eimbcke: historias de crecimiento adolescente. Pero lo que de verdad distingue a Olmo dentro de su filmografía no es un ejercicio de comparación de estilos o de estéticas de época, sino algo más simple y más íntimo: aquí, por primera vez, Eimbcke no plantea la incertidumbre terrible de personajes que se sienten atrapados, sino que retrata a esa misma dupla infantil —el amigo cómplice, la casa como límite, el mundo exterior como tentación— intentando resolver problemas reales y aprendiendo de sus propios errores.
Tal vez por eso Olmo se siente más simple: porque no conlleva esa desoladora estética de principios de los dosmil que enmarcaba el problema pero nunca ofrecía la solución. Aquí se juega, y se gana. Eso, quizás, la convierte en una película más cálida y más tranquila —por supuesto, menos atrevida que aquello que Eimbcke hacía antes— pero no por ello de menor calidad. Sobre todo si se piensa en Fernando bajo esta nueva dinámica: un director que, tras años de ausencia, retorna con una lección aprendida —pasar de la exposición a la resolución de eso que ha atravesado su filmografía tan duramente durante todos estos años: los cuidados.





