Es duro ver un cine hecho para retratar realidades complejas y sentir, al mismo tiempo, que la forma no siempre está a la altura del fondo. Daniel Giménez Cacho, en su debut como director, demuestra una sensibilidad inusitada para la dirección de actores —algo que no debería sorprendernos en un hombre que ha construido su carrera entera dentro del teatro—, pero esa misma sensibilidad no logra trasladarse por completo al resto de los departamentos que conforman el séptimo arte.
Juana sigue a una periodista de 45 años (Diana Sedano) que ha aprendido a sobrevivir enterrando su pasado: visita a su madre en un asilo, se medica a diario para controlar sus ataques de pánico, y cumple con una rutina gris en la redacción de un periódico. Esa calma se rompe cuando reaparece el nombre de Pedro Núñez, un político corrupto vinculado a una red de pornografía infantil y principal sospechoso de los asesinatos de Armando, su expareja, y Joaquín, su colega, ambos periodistas que investigaban junto a ella la misma red criminal. Lo que la película revela, poco a poco, es que la relación de Juana con este caso no es solamente profesional: en su propio pasado familiar hay abuso, hay silencio, hay una infancia marcada por el mismo tipo de violencia que ahora investiga como adulta.
Esa decisión narrativa —convertir a la protagonista en sobreviviente y no solo en testigo periodístico— es, sin duda, el hallazgo más valioso del guion de Emma Bertrán, escrito a lo largo de seis años. La película entiende que el abuso infantil no es un tema que se investiga desde la distancia, sino una herida que se hereda, se repite y, en el mejor de los casos, se confronta. En ese sentido, Juana se acerca en varios momentos a un documento casi testimonial sobre la violencia patriarcal en México, más que a una obra primeramente preocupada por su arquitectura cinematográfica. Y esto no es necesariamente un defecto: que una película priorice el reclamo social sobre el virtuosismo formal no la vuelve menos cinematográfica, de la misma manera en que no toda obra formalmente cuidada logra decir algo verdaderamente urgente.
Dicho esto, hay que señalar con honestidad las áreas donde el debut de Giménez Cacho se resiente. El guion, en su estructura fragmentada y no lineal, exige saltos temporales que en ocasiones desdibujan más que iluminan la trama, y el ritmo general se vuelve difícil de seguir en su tramo intermedio. La cámara —a cargo de Lorenzo Hagerman— opta por un registro tradicional que rara vez arriesga, y tanto el diseño de arte como la música quedan por debajo de la intensidad emocional que buscan sostener. Es un tipo de desequilibrio común en las óperas primas de actores que dirigen: el peso actoral —aquí sostenido con solvencia por Diana Sedano, además de un elenco secundario notable que incluye a Ángeles Cruz, Nailea Norvind y Teresa Sánchez— termina cargando sobre sus hombros lo que otros departamentos no logran completar.
Ese desequilibrio, sin embargo, no invalida el proyecto. Al contrario: señala con precisión dónde está el verdadero talento de Giménez Cacho y dónde todavía tiene camino por recorrer como cineasta. Su origen teatral es, a la vez, su mayor virtud y la explicación de sus límites: sabe hablar con los actores de una manera que pocos directores primerizos consiguen, pero ese dominio no se traduce automáticamente en dominio del lenguaje visual. Juana es, en ese sentido, una película que brilla por el claroscuro de sus propias partes: ilumina con fuerza el trabajo actoral y la urgencia de su tema, mientras deja en penumbra el resto de los elementos que, en conjunto, podrían haber convertido esta ópera prima en una obra mayor.





