Cuando deconstruir el slasher se vuelve su propia trampa (Teenage sex and death at camp miasma, 2026)

Hay una tensión que atraviesa buena parte del cine contemporáneo que intenta hablar sobre géneros populares desde dentro del género mismo: ¿puede una película deconstruir el slasher usando, precisamente, las herramientas narrativas del slasher, sin que ese gesto termine devorándose a sí mismo? Jane Schoenbrun, quien ya había explorado con notable delicadeza la identidad trans y el descubrimiento del deseo en We’re All Going to the World’s Fair y, sobre todo, en I Saw the TV Glow, se enfrenta ahora a esa pregunta de manera mucho más frontal, mucho más “en tu cara”, y el resultado es una película que se siente, al mismo tiempo, hipnotizante y desconcertantemente consciente de sí misma.

La premisa es tan meta como sugiere el título: Kris (Hannah Einbinder), una cineasta queer, es contratada por un estudio para resucitar la franquicia slasher “Camp Miasma”, una saga ochentera con evidentes ecos de Friday the 13th y Sleepaway Camp que, tras años de secuelas cada vez más flojas, terminó directo a video en los noventa. El estudio quiere de ella, básicamente, un reboot “woke” que corrija los elementos problemáticos del original, aprovechando que Kris es queer para legitimar el gesto. Pero Kris está mucho más interesada en localizar a Billy (Gillian Anderson), la actriz reclusa que interpretó a la “final girl” de la película original, y cuando finalmente la visita, la línea entre el presente y el set de la película original se disuelve por completo, arrastrando a ambas mujeres hacia un mundo empapado en sangre de deseo, miedo y delirio.

Es precisamente en esa premisa donde la película tropieza con su propia ambición más interesante. Hay una diferencia fundamental entre usar el cine de género como metáfora de otra cosa (la liberación sexual contada a través del slasher, por ejemplo, funciona) y hacer una película sobre la deconstrucción del slasher protagonizada por una directora que literalmente intenta deconstruir un slasher. Ese segundo gesto, por más inteligente que parezca en el papel, corre el riesgo constante de plegarse sobre sí mismo, de convertirse en comentario sobre comentario sin aterrizar en ningún puerto claro. Y en efecto, buena parte de la mecánica satírica de la película; los chistes sobre Netflix, sobre lo woke y lo no woke, sobre la instrumentalización corporativa de las franquicias, se siente demasiado obvia, demasiado subrayada, poco sutil para una directora que en trabajos anteriores demostró un manejo mucho más elegante de la ambigüedad.

Sin embargo, ahí donde la sátira institucional se queda corta, la película encuentra un pulso genuinamente poderoso en su otro registro: el de la reconexión erótica con el propio deseo. Schoenbrun retrata las banalidades del mal sexo, esa disociación incómoda de estar presente sin estar del todo ahí, como un villano tan amenazante como Jason Voorhees o Michael Myers, y cómo la película termina argumentando a favor de la fantasía y el placer como caminos legítimos hacia la autorrealización. Es cine queer del más alto nivel precisamente en ese punto: en su capacidad de mostrar cómo la represión sexual encuentra escape a través de filias muy específicas, y de convertir el consumo mismo del horror slasher en un vehículo de deseo reprimido que finalmente encuentra permiso para manifestarse.

La propia Schoenbrun ha sido transparente sobre esa intención: la película, ha dicho, fue también una manera de hablar de su experiencia como persona trans post-transición, aprendiendo a habitar una identidad sexual con la que pudiera sentirse cómoda, apoyándose en cómo el género slasher siempre ha estado, para bien o para mal, profundamente involucrado con los roles de género y sexualidad. Ese anclaje autobiográfico es lo que le da textura real a Kris, el personaje que sí vive su filia de manera carnal, apasionada, bellamente erótica; en contraste deliberado con el resto del ecosistema que rodea al slasher, ese fandom y esa maquinaria industrial que procesan el mismo deseo de forma fría, racionalizada, casi burocrática.

Formalmente, la película es innegablemente arriesgada: la simbología funciona con inteligencia, los giros de guion sorprenden genuinamente, y el universo construido, esa nostalgia extraña por un pasado cinematográfico que en realidad nunca existió tal como lo recordamos, maquillado por el halo seductor de nuestras propias filias, logra momentos de auténtica belleza visual. Pero esa misma ambición termina generando un problema de público: no es un slasher convencional, así que no asusta del todo; no es una película erótica al uso, así que tampoco despierta una pasión desbordada sin matices; y su crítica intelectual, en los tramos donde intenta ir más allá del deseo de su protagonista para comentar sobre la industria del cine en general, se siente vacía, incapaz de sostenerse en personajes que verdaderamente habiten ese mundo desde adentro.

Teenage Sex and Death at Camp Miasma es, en última instancia, una amalgama que funcionará espléndidamente para un público muy específico: quienes aman el cine queer, quienes entienden el slasher desde sus códigos internos, y quienes disfrutan el ejercicio de la deconstrucción como forma. Para cualquier otro espectador, alguien que solo ama uno de esos tres mundos, o simplemente el cine en general sin ese triple filtro, la película corre el riesgo de sentirse excesivamente especializada, una conversación fascinante a la que, sin las claves correctas, resulta difícil unirse del todo.