Soñar y no trasliterar (Salón de belleza, 2026)

Adaptar un libro al cine siempre es una tarea complicada. Hay muchas formas de intentarlo, pero pocas veces se encuentra la manera correcta de hacerlo. En Salón de belleza, adaptación de la reconocida novela homónima de Mario Bellatin, encontramos precisamente eso: una forma acertada de trasladar un texto literario a la pantalla sin caer en la fidelidad mecánica que tantas adaptaciones convierten en su propia condena.

La novela original propone la lenta transformación de un salón de belleza en un moridero, es decir, un lugar donde personas enfermas de un mal terminal llegan a pasar sus últimos días, en una alegoría apenas velada de la crisis del VIH que marcó los años en que Bellatin escribió el texto. La película toma esa premisa y la convierte en un espacio onírico donde un protagonista solitario, El Individuo (Sam Louwyck), va rememorando los pasos que lo trajeron hasta ahí, dándole cabida no solo a quienes atraviesan una enfermedad terminal, sino a personas de distintos orígenes, géneros y costumbres, en un gesto que universaliza la obra original y la actualiza a nuestro tiempo, donde el refugio del otro ya no se limita al terreno de la enfermedad, sino que se extiende también a la migración y a las fronteras que la sociedad sigue trazando entre quienes pertenecen y quienes no.

Esa decisión de adaptación es, sin duda, lo más interesante de la propuesta: la voz autoral detrás de la película es fuerte y singular, motivo por el cual fue seleccionada dentro de las Jornadas de los Autores, la sección de cine autoral paralela a la Mostra de Venecia. La película construye un universo rico y personal, que aunque se aleja en varios sentidos de la obra de Bellatin, en otros se acerca de maneras genuinamente inesperadas y sorprendentes, encontrando ecos propios en temas como el miedo al otro y la fragilidad de la existencia, además de una inquietante sensación profética: el proyecto se vio interrumpido por la pandemia de COVID-19 durante su desarrollo, y esa misma pandemia terminó estimulando la escritura, al convertir la enfermedad sin nombre del libro en algo que la sociedad entera acababa de experimentar en carne propia.

Dicho esto, no es una película sencilla de digerir. Se trata de una obra que se acerca más a la poesía que a la narrativa convencional, apoyada fuertemente en la voz en off y en la construcción de un espacio onírico antes que en el desarrollo de una trama tradicional: la propia película arranca sumergida en una dimensión líquida y silenciosa, como si estuviéramos en el fondo del océano, antes de revelar que en realidad estamos observando uno de los muchos acuarios que pueblan el salón. Es una decisión formal coherente con su ambición, aunque exige del espectador una disposición particular para dejarse llevar por la atmósfera antes que por el argumento.

Y aquí es donde vale la pena detenerse en el equipo técnico, porque su peso es considerable y se nota en cada fotograma. La fotografía corre a cargo de Balthazar Lab, la edición de Olivia Neergaard-Holm, y el diseño de sonido lo firma nada menos que Nicolas Becker, ganador del Oscar por su trabajo en Sound of Metal. El diseño de producción, por su parte, es responsabilidad de Nathan Parker, cuyo nombre aparece también en los créditos de The Grand Budapest Hotel, y esa sensibilidad para construir espacios con una lógica estética propia y reconocible se percibe con claridad en cómo el salón se transforma en un umbral entre la presencia y la desaparición. La producción está a cargo de la mexicana Kintsugi Cine en coproducción con la francesa Farol, un respaldo binacional que probablemente ayudó a reunir un equipo de este calibre para una ópera prima.

Ese nivel de artesanía técnica, sumado a la decisión de Acevedo de sostener conversaciones extensas con el propio Bellatin antes de escribir el guion junto a Diego Sepúlveda, da como resultado una de las propuestas más singulares que pudieron verse este año en el Festival de Venecia. Es una ópera prima que confirma un debut sostenido en decisiones valientes y en un equipo de colaboradores de altísimo nivel, más que en fórmulas seguras, y que deja claro que la belleza, en esta película, nunca vence a la mortalidad: simplemente aprende a existir junto a ella.