El Homoerotismo como respuesta a la guerra (Coward, 2026)

Pocas películas queer me han hecho sentir cosas tan profundas como Coward, la tercera película de Lukas Dhont, presentada en Competencia Oficial de Cannes 2026. Hay en ella algo de la tradición que Claire Denis inauguró con Beau Travail: el cuerpo masculino filmado casi como un tótem, un lugar donde refugiarse de la guerra en lugar de un instrumento para hacerla. Pero donde Denis observaba ese cuerpo desde la distancia coreográfica, Dhont lo acerca hasta la intimidad más íntima, y en ese gesto encuentra su verdadera potencia.

La premisa es tan sencilla como devastadora: en las trincheras belgas de la Primera Guerra Mundial, Pierre (Emmanuel Macchia), un joven recluta ansioso por demostrar su valor en batalla, conoce a Francis (Valentin Campagne), encargado de levantar la moral de la tropa a través de una compañía de teatro improvisada donde los propios soldados interpretan tanto papeles masculinos como femeninos. Si la opción A es morir en una trinchera por una patria incierta, la opción B, unirse a esa troupe para actuar travestido, se convierte, casi sin proponérselo, en la alternativa más humana disponible.

Ahí radica el gran logro emocional de la película: la manera en que consigue que dos personajes gays, en un contexto histórico que los borraría por completo, se sientan más vivos, más reales y más identificables que muchos protagonistas heterosexuales del cine bélico convencional. No hay distancia entre estos personajes y el espectador, porque en el fondo son simplemente humanos que prefieren la caricia y la compañía de otro ser humano, la posibilidad de una fraternidad genuina, antes que morir en una zanja anónima.

Coward construye con inteligencia el contraste entre dos formas antagónicas de solidaridad masculina. Por un lado, los soldados en combate, atrapados en mecánicas de dominación, de patria, de nosotros contra el enemigo, en una masculinidad tóxica que exige odiar sin matices. Por otro, la troupe teatral a la que pertenece Pierre, que genera una empatía radicalmente distinta, más cercana al sentimiento y al dolor compartido, precisamente la clase de vínculo que termina por desmoronar la voluntad de combatir de tantos soldados y convertirlos, poco a poco, en desertores. No es casualidad que sea justamente esta compañía la encargada de traer algo de bondad y alegría a los hombres en el frente.

Hay un diálogo particularmente hermoso entre Francis y Pierre en el que, a pesar de no sentir demasiado aprecio por los soldados que sufren a su alrededor, Francis reconoce que decirles que todo va a estar bien es, al final, el verdadero trabajo que les corresponde para evitar que la moral colectiva se derrumbe del todo. Es un momento de una empatía genuina que resume el corazón político de la película: la ternura como forma de resistencia, incluso hacia quienes sostienen el sistema que los oprime.

Ese logro se sostiene, además, sobre la mejor fotografía que he visto en todo el Festival de San Sebastián. Hay un fotograma que va a vivir en mi memoria para siempre: un soldado, al principio abiertamente heterosexual, le propone a la compañía de teatro lanzar nieve hecha de aserrín para crear un efecto más hermoso sobre el escenario, revelando así no solo una sensibilidad artística insospechada, sino también su propio deseo de pertenecer a esa tropa a través de algo que no tenga que ver con matar. La cámara nos muestra, desde el punto de vista del actor, esa nieve falsa cayendo sobre su cabeza, y en el contraplano inmediato descubrimos el rostro y las manos de ese mismo soldado dejando caer el aserrín con una humildad, una alegría y una ternura genuinas que enmarcan a la perfección todo lo que la película quiere decir.

Coward entiende algo que el cine bélico rara vez se atreve a admitir: que los hombres, la guerra y lo heteronormativo necesitan aprender que la ternura es revolucionaria, y que ahí habita una fuerza inmaculada e indestructible con la que siempre vale la pena coquetear, sin importar si termina siendo con un hombre o con una mujer.