¿Un niño robot puede sentir? Sheep in the Box (2026)

Recuperar a un ser querido a través de una máquina que imita su personalidad ya es un lugar común de la ciencia ficción reciente, y Hirokazu Kore-eda lo sabe. En Sheep in the Box, presentada en la competencia de Cannes 2026, usa ese artificio, casi cómodo a estas alturas, para hablar de algo menos evidente: cuánta alma tienen las cosas y hasta qué punto todo lo que existe está conectado.

Otone, arquitecta, y Kensuke, carpintero, perdieron hace dos años a su hijo Kakeru, de siete. Una empresa les ofrece probar gratis un humanoide hecho con los datos del niño, y lo reciben en casa. Ella lo abraza; él lo rechaza como lo que es, una máquina. El duelo de los padres es la historia en la superficie, y Kore-eda la filma con la estilización de un Japón moderno en equilibrio con una naturaleza maravillosa: paleta apagada, madera clara, ese Japón beige, de Uniqlo, que uno espera.

Es el duelo de personas insertas en su sociedad hasta las últimas consecuencias: una madre que vive bajo el yugo de la suya, una pareja que suponemos monógama y convencional. Eso hace que la exploración del duelo se sienta, por momentos, como una imposición un poco superflua. Es el vehículo de la película, no su tema.

El tema es el niño. El humanoide empieza a tener conciencia de sí, de que es una réplica imperfecta de un niño muerto. Lo vincula con él un prompt, los datos de alguien que ya no está, y por eso se le parece sin parecérsele. No parte de un lienzo en blanco sino de uno ya pintado, y eso lo humaniza: hay un momento en que parece tener alma, y la película nos obliga a preguntarnos cuánta verdad hay en lo humano y cuánta alma tienen las cosas.

Esa pregunta se repite en la madera, en el trabajo de taller, en la arquitectura y en la fusión de materiales. Desde una lectura budista, quizá sin quererlo, nos recuerda que todo está conectado. Kore-eda no habla de budismo, pero en una entrevista con RogerEbert.com dijo que los árboles tienen un sistema que los conecta a todos y que la IA generativa funciona más parecida a los árboles que a nosotros. Ese es el mensaje que se esconde detrás del duelo materno.

La película pierde puntos en su tono. Es tan blanca, tan utópicamente positiva, tan segura de cómo funcionaría la maternidad en un Japón ultramoderno y ultrapacífico, que se siente lejos de nuestra crisis civilizatoria. En Cannes las opiniones estuvieron divididas, y algunos la encontraron almibarada. Pero el mensaje es tan valioso, y la idea de equilibrio tan propositiva, que es fácil perdonarle esos detalles de estilo.

El título lo resume: en El Principito, lo esencial es invisible a los ojos, y una oveja dentro de una caja existe mientras la imaginemos. Es un tearjerker clásico, contado con mucho silencio, que se acerca a una idea compleja con una sensibilidad muy japonesa.