Hay una continuidad deliberada en que Valentina Maurel repita, en su segundo largometraje, tanto a la actriz protagónica como al actor que interpretó a su padre en Tengo sueños eléctricos. Esa decisión convierte a Siempre soy tu animal materno en una conversación directa con su propia ópera prima, ahora con la idea mucho mejor administrada y considerablemente más amplificada. Si en su debut Maurel retrataba a un padre que se negaba a dejar de sentirse joven, aquí invierte el espejo: seguimos a una hija que, en teoría, ya debería estar en condiciones de hacerse cargo de su propia vida, y sin embargo no lo logra.
Lo más valioso de la película es cómo aborda la juventud, la locura y ese cúmulo de creencias, esoterismo incluido, que terminan convirtiéndose en los pilares frágiles y contradictorios sobre los que se sostiene una familia. Maurel construye una crítica fina sobre el rol de los padres en la vida de sus hijos, y sobre cuánta injerencia real tenemos, o creemos tener, sobre las vidas ajenas. La película diseca algo incómodo: cómo una persona perdida, en lugar de enfrentar su propio extravío, prefiere intentar reparar la vida de alguien más. O, más inquietante todavía, cómo estar perdido podría ser simplemente una parte natural del proceso de encontrarse, sin que exista, en el fondo, nada que realmente haya que encontrar, porque uno siempre se ha tenido a sí mismo desde el principio.
Maurel demuestra en esta segunda película un manejo actoral todavía más afinado que en su debut, generando momentos genuinamente incómodos que, al mismo tiempo, rebosan de verdad. No sorprende que las tres protagonistas hayan compartido el premio a Mejor Interpretación Femenina en Un Certain Regard: Daniela Marín Navarro, Mariangel Villegas y Marina de Tavira sostienen, cada una desde un registro distinto, una misma obra coral sobre el desconcierto familiar.
Lo más inteligente de la propuesta es su negativa a señalar culpables. No trata exactamente del trauma sexual, pero a ratos sí. No trata exactamente del abandono, pero también sí. No trata necesariamente de una hija difícil, aunque claramente lo es, ni de una madre abandonadora, aunque su ausencia pesa. Maurel cocina todos estos ingredientes en una misma amalgama donde resulta imposible señalar con el dedo un único responsable de la rebeldía, o de la locura, de una joven de veinte años.
El juego más inteligente de la película está en el contraste entre la protagonista, que no sabe lo que quiere ni logra entenderlo, y su hermana mayor, que llega de visita desde Europa con las cosas aparentemente resueltas: estudios, dirección, claridad. Al final, ambos papeles resultan menos opuestos de lo que parecen. Es la madre quien, mejor que nadie, pone el dedo en la llaga: a veces son precisamente quienes menos ayuda parecen necesitar los que están genuinamente en proceso de encontrarse, mientras que quienes se ven inmóviles son los que en realidad ya no saben hacia dónde ir.





