La paternidad como solución (Club Kid 2026)

Jordan Firstman entrega su primer largometraje como director y entra por la puerta grande tanto en Cannes como en San Sebastián. Club Kid no solamente retrata el mundo yonki, decadente y queer de las fiestas en grandes urbes como Nueva York, resonando igual de bien con ciudades como Berlín, sino que también construye una historia sólida sobre la paternidad y cómo ese proceso puede llegar a ser sanador. La película sigue a Peter (interpretado por el propio Firstman), promotor de fiestas underground neoyorquino instalado en una vida de excesos, música electrónica y noches interminables, cuya existencia se ve trastocada cuando llega a su puerta Arlo (Reggie Absolom), un niño de diez años que resulta ser su hijo, y cuya madre ya no puede cuidarlo. Firstman no escatima en mostrarnos a un protagonista, y director, entregado por completo a una ternura absoluta al intentar educar al hijo que ni siquiera sabía que tenía. La película entrega momentos brillantes de deconstrucción paternal, mostrando cómo esta puede subsistir junto al mundo decadente de las drogas, sin caer en el moralismo fácil de la redención inmediata. Al mismo tiempo, funciona como una comedia absoluta, sin escrúpulos, entregando algunas de las escenas más frescas del año sin dejar nunca de ser tierna. Tiene un espíritu casi espectral, envuelto en una bruma tonal que se mueve constantemente de un lado a otro: puedes llorar en una escena para volver a reírte en la siguiente, un sube y baja que se siente acogedor y honesto. Aquí la paternidad no se presenta como un problema, sino como la solución al problema, y esa mediación resulta positiva tanto para Peter como para Arlo. Cara Delevingne, en el papel de Sophie, mejor amiga y socia de Peter, aporta un contrapunto imprescindible, y Diego Calva, como Oscar, el psicólogo y trabajador social, retrata con precisión el ecosistema de personajes anecdóticos de la vida cosmopolita neoyorquina. Es económica en el mejor sentido: entras, lloras, se presenta una historia, sales de ella, y aun así te deja con una bocanada de aire fresco, tanto por su temática queer como por su honestidad frente a las drogas. Visitamos muchos mundos pequeños que confabulan a la perfección, chocando de frente con la idea de tener un hijo en medio de todo ese ambiente y encontrando la manera de llevarlo para bien. La película demuestra algo tabú pero real: no por tener hijos hay que dejar de ser fiestero, y no por drogarse se es automáticamente un mal padre. Se cometen errores, y esa es justamente su gracia. Hay una luz al final del túnel que ilumina cómo los estereotipos, tal como debe hacerlo el cine queer, están ahí precisamente para romperse, con una dosis de comedia increíble y una ternura avasalladora.