La ternura como respuesta política al capitalismo del cuidado (Soudain, 2026)

Hay películas que llegan a tocar algo genuino muy pocas veces, y Soudain, la nueva obra de Ryusuke Hamaguchi tras el fenómeno global de Drive My Car, pertenece decididamente a ese grupo reducido. Sorprende, primero, su duración: poco más de tres horas que, sin embargo, se sienten exactamente necesarias. Hamaguchi ha construido una película que no le sobra ni un minuto, con ese ritmo pausado tan característico suyo, dispuesto a tomarse el tiempo que hace falta para explicar las cosas con calma.

La historia sigue a Marie-Lou Fontaine (Virginie Efira), directora de una residencia en las afueras de París donde se atiende a adultos mayores con deterioro cognitivo severo: Alzheimer, demencia, y otras condiciones que erosionan progresivamente la autonomía. Marie-Lou intenta implementar el Humanitude, un método real de cuidado geriátrico centrado en devolver dignidad y presencia humana al acto de cuidar. La propuesta es tan sencilla como radical: borrar la línea entre quien cuida y quien es cuidado, hasta el punto en que el personal deja de usar uniforme, y ya no resulta evidente, a simple vista, quién es enfermero y quién es paciente.

Ese gesto formal se convierte en el corazón filosófico de la película: ¿qué son, en realidad, los cuidados? ¿Dónde está el límite entre el amor genuino y lo que resulta conveniente para una institución? Y, sobre todo, ¿cómo tratar como un ser humano completo a alguien que va perdiendo, progresivamente, las capacidades mentales y físicas que solemos asociar con la humanidad misma? Soudain pone el dedo exactamente ahí, en esa pregunta incómoda, y la convierte en una crítica firme —aunque nunca panfletaria— hacia la lógica capacitista y meritocrática que suele organizar nuestras instituciones de cuidado: la idea implícita de que una persona vale en la medida en que puede hacer, saber o actuar ciertas cosas, y que alguien incapaz de vestirse por sí mismo en las mañanas pierde, con ello, parte de su condición humana.

Para explorar esta tensión, Hamaguchi recurre nuevamente al teatro como espejo —un recurso que ya había ensayado con enorme eficacia en Drive My Car—, esta vez a través de Mari Morisaki (Tao Okamoto), una dramaturga japonesa que se cruza en el camino de Marie-Lou y que resulta estar lidiando, a su manera, con una enfermedad terminal propia: cáncer, y con ello, toda la mecánica del dolor y de sentirse progresivamente menos persona. Es a través del vínculo entre estas dos mujeres —una francesa al frente de una institución, otra japonesa enfrentando su propia mortalidad desde el arte— que la película construye su verdadero motor emocional: ambas aprenden, mutuamente, a tratarse con dignidad y ternura, retroalimentándose de una forma que termina, casi imperceptiblemente, mejorando también el funcionamiento del hospital.

Hamaguchi no escatima en recursos ni en tiempo, y eso se agradece profundamente: la película se permite explorar con delicadeza, con calma, y hasta con momentos casi ensayísticos, todo lo que quiere decir. Es una obra intensamente dialogada, que puede sentirse morosa en su desarrollo, pero cuya emocionalidad permanece deliberadamente contenida, articulada a través de actuaciones que evitan el subrayado dramático. Hay en Soudain ese sello tan reconocible del cine japonés —la idea de que no todo lo que se siente necesita decirse en voz alta— combinado, esta vez, con una sensibilidad más explícitamente europea en su tratamiento del espacio y del diálogo. El resultado es un extraño y hermoso punto medio: algo europeo filtrado por una mirada japonesa, o quizás algo japonés filtrado por una mirada europea, según se prefiera mirarlo.

Lo más notable de Soudain, sin embargo, es su ambición filosófica de fondo. Bajo la superficie de una película sobre cuidados paliativos y geriatría, Hamaguchi entreteje una reflexión mucho más amplia sobre el capitalismo, la productividad y el valor que le asignamos a una vida en función de su utilidad. No es casualidad que la propuesta de Humanitude se tope con el escepticismo tanto del personal más veterano —que la percibe como una pérdida de tiempo— como de los inversionistas de la institución, que miden el cuidado en términos de eficiencia. La película entiende que esa resistencia no es anecdótica: es la lógica misma que organiza buena parte de nuestras sociedades contemporáneas, y que Soudain se atreve a cuestionar sin caer en la ingenuidad.

En un momento donde la pregunta tácita que muchos nos hacemos a diario es si vale la pena seguir —si en medio de un mundo que a menudo se siente insostenible existe todavía algún lugar para la calma—, Soudain ofrece una respuesta que se niega a ser cínica sin por ello volverse ingenua. La propuesta es tan sencilla como necesaria: que todo puede empezar por algo tan básico como amarnos, respetarnos, y replantearnos cómo nos vinculamos entre nosotros a través de la ternura. Es una idea que quizás hemos olvidado colectivamente, pero que esta película nos recuerda con una urgencia serena, sin levantar jamás la voz.