Hay una pregunta que recorre toda la historia de las adaptaciones clásicas: ¿qué tiene un cineasta contemporáneo para decirle que no haya dicho el autor original? No me refiero a técnica, presupuesto o ambición visual —eso es fácil de medir en metros de IMAX y en fotogramas de 70 milímetros. Me refiero a qué verdad, qué obsesión, qué pesar contemporáneo lo obliga a tomar una historia que ya fue contada hace casi tres mil años y decir: “Necesito contarla de nuevo. Necesito que arrojarla de nuevo al mundo vista a través de mis ojos”.
Christopher Nolan ya respondió esa pregunta hace años, pero parecía que nadie estaba escuchando su declaración. En Oppenheimer, le preguntó al siglo XX si valía la pena ganar una guerra a costa de volver monstruo al hombre que la ganaba y en La Odisea, la pregunta cambia de tiempo pero no de obsesión: ¿qué le queda al guerrero cuando regresa a casa? Y más aún: ¿quién es el que realmente lo ha enviado a la guerra?
La primera verdad que muchos quisieran ignorar es que Nolan no falla en adaptar la Odisea porque la filme en IMAX o porque sus personajes masculinos sean débiles o porque la versión que adapto sea “woke”. Falla, si es que falla, en algo mucho más profundo y mucho más hermoso: en la decisión de hacer que la Odisea sea una película no de aventuras, sino de profunda decepción hacia el patriotismo, retratando la culpa y la futilidad de las guerras que construyen imperios sobre cadáveres.
Porque eso es lo que Nolan ha entendido y que Homero no logra siquiera dilucidar: Odiseo no es un héroe regresando a casa después de una aventura gloriosa, es un hombre que descubre paso a paso, que ha sido un asesino; genocida de hecho. Cuya grandeza fue construida sobre la muerte de miles y que cuando por fin llega a Ítaca, a los brazos de Penélope, a la cama que dejó hace una década, lo único que encuentra es la desolación de saber que no hay regreso posible. Que no hay Ítaca lo suficientemente real como para borrar lo que ha hecho ni excusa lo suficientemente grande, como para Oppenheimer, que justifique traicionar las leyes de la guerra y por supuesto, con el derecho internacional de Zeus.
Nolan apunta como Odiseo entre las hachas y acierta en un blanco obvio con una historia acerca de una entidad bélica que lucha guerras por estupideces tan pueriles como la belleza de una mujer para desencadenar genocidios y así lograr victorias insulsas en nombre de la patria que borran la linea de lo que nos hace humanos. Señores, Nolan está dando una abierta clase de geopolítca y un alegoría más que obvia a la barbarie, a Netanyahu a los crímenes de lesa humanidad y que la edad de bronce se sostenía en aquellos tiempos por una ley muy simple, la de no negarle el pan a un peregrino y que hoy, nos es imposible de imaginar ya, inmiscuidos en nuestras torres enajenadas tecnológicas que nos alejan tanto de la otredad.
En La Odisea, la insistencia en que el regreso a casa que no volverá a ser la misma por la sangre en las manos con la que el hereo regresa es, tal vez uno de las mejores ideas implantadas en el cine contemporeaneo que por desgracia se ve eclipsada por una decisión tibia. No matar a Odiseo, quien a todas luces, nuestras luces por cierto de personas del siglo XXI es un genocida que no merece ni perdón ni olvido y que a pesar de ello, escapa en el exilio tan campante con Anne Hathaway, como Batman hace ya más de una década.
Las similitudes con el resto de su obra no paran, de Oppenheimer rescatamos un lenguaje visual que dice lo siguiente: “Las cosas grandes son hermosas y aterradoras al mismo tiempo.” De Dunkirk (y tal vez también de Memento) que el tiempo presente y el pasado, el sueño y la pesadilla se pueden editar con maestría que encaja a la perfección. El mecanismo token de Inception que ordena el universo y nos da a entender cuando es sueño y cuando realidad; en esa peonza maldita, aquí se transforma en aguja que Odiseo le ayuda a recordar quién es y a dónde va. Y la dulce elección entre la muerte y el exilio que le hemos visto dictaminar a Cillian Murphy en The Dark Knight Rises, “Death, by exile”. Nolan perfeccionando a Nolan.
Un personaje que muchos pasan por alto, o quieren pasarlo por alto. Uno de los hermanos Sadfie, Benny (el menos proeficiente) encarnando a Agamenón y de manera absolutamente literal y simbólica, a la Muerte. No es un pretendiente. No es un rival. Es la fuerza que arrastra a Odiseo hacia la guerra que no quería librar. Y esa figura, esa presencia, convierte toda la película en una reflexión sobre el colapso del libre albedrío bajo las estructuras de poder que nos rodean y no sólo un anacronismo por llevar un casco que no parece griego. Ninguna guerra es verdaderamente “de alguien.” Todas son del Estado. Todas son de los dioses, de entes que nos hacen partícipes y víctimas por circunstancias que ni podemos ni deberíamos entender.
Eso es lo antibelicista de La Odisea. No es un discurso. No es una pancarta. Es la geometría del espacio mismo diciéndote que no hay gloria en matar. Que cada victoria es una derrota. Que el único verdadero viaje es el de descubrir que fuiste cómplice de tu propia destrucción. Y ahora, el gran tema que Nolan insiste en inyectar en toda su obra, especialmente ahora: el fin de las eras. Porque esa es la verdad incómoda que se respira en La Odisea como una enfermedad. Ya no es 2008, cuando The Dark Knight podía preguntarse si un hombre podía hacer sacrificios por una ciudad. Ya no es 2014, cuando Interstellar podía imaginar un futuro donde la humanidad se salvaba. Ahora estamos aquí. En esta era que está cayendo. En este mundo que se está agotando.
Y Nolan no puede evitar filmar eso. No puede evitar enmarcar a sus personajes como si fueran espectros de una grandeza que nunca más volveremos a experimentar. Porque la Odisea no es la historia de un hombre que regresa a casa. Es la historia de un imperio que regresa. Es Grecia regresando. Es la era de los hombres europeos heterosexuales blancos que construyeron Occidente regresando a casa, descubriendo que la casa fue incendiada y que ellos fueron quienes encendieron el fuego y que no hay marcha atrás. Por cierto, Gaza sale al mismo mar mediterraneo.
Eso explica la escala. Eso explica los 70 milímetros. Eso explica las actuaciones hiperbólicas de Robert Pattinson como Antínoo, como si estuviera interpretando a un símbolo más que a un hombre. Eso explica a Anne Hathaway, hermosa en su dolor, hermosa en su espera, hermosa en su negación de que nada puede regresar. Porque cuando filmas el fin de una era, no puedes hacerlo en escala íntima. No puedes hacerlo en tonos bajos. Tienes que gritar. Tienes que usar toda la tecnología disponible para decirle al mundo: “Miren esto. Miren cómo muere algo. Miren la grandeza en su estertor final.”
Algunos dirían que Nolan falla porque la película es demasiado larga, demasiado ambiciosa, demasiado poco dispuesta a simplificar su propia complejidad y tienen razón técnicamente. La película es demasiado. Pero es que es Nolan, el hombre que no sabe hacer películas poco complejas o de tono bajo y que no está entregando una versión superlativa de un cuento para que no sólo sea una obra de Michael Bay llena de acción y de explosiones, sino claro, una cinematografia extraordinaria, pero sacudiendo creencias y comlejisando de más, una historia original que en realidad no tiene este caomplejidad narrativa, o al menos la tiene apuntando hacia otros blancos.
La verdadera distancia no es entre la película de Nolan y la literatura clásica. Es entre lo que la literatura clásica necesitaba creer sobre la guerra —que era gloriosa, que era significativa, que transformaba a los hombres en héroes— y lo que nosotros sabemos ahora. Que es un mecanismo de muerte. Que es una rueca que tritura cuerpos y espíritus. Que nadie regresa igual. Que no hay Ítaca lo suficientemente verde como para sanar las heridas que deja.
Entonces sí, Nolan logró algo espectacular. A nivel metafórico, a nivel de mensaje, a nivel de lo que una película puede susurrar cuando se atreve a mostrarnos el fin de los tiempos. La Odisea es lo opuesto a una película que no logra nada. Es una película que logra hacernos sentir la muerte de algo que todavía está vivo y que estamos viviendo; eso es terrorífico. Eso es necesario y eso es lo que el cine de este momento debería estar haciendo: no contar historias sobre cómo salvarnos, sino prepararnos para decir adiós.





