Cuento de hadas que tarda en decirte que sí sabía a dónde iba (Princesa Burro, 2026)

Hay películas que confunden la falta de dirección aparente con un defecto, y hay películas que convierten esa misma sensación en su arma más certera. Princesa Burro, la nueva obra de los chilenos Cristóbal León y Joaquín Cociña, presentada en la Competencia Internacional del Festival de Locarno 2026, pertenece decididamente al segundo grupo, aunque durante buena parte de su metraje sea imposible saberlo con certeza.

León y Cociña, conocidos por su estilo de animación artesanal y casera que los ha llevado ya por Berlín, Venecia y Annecy, construyen aquí un artefacto narrativo que atraviesa mundos, géneros y técnicas cinematográficas con una libertad que recuerda, salvando las distancias culturales, al ejercicio que Bertrand Bonello propuso el año pasado con La Bête: la idea de contar una misma historia de amor imposible a través de realidades paralelas, mezclando registros formales que van del stop-motion más artesanal hasta un cine latinoamericano despojado de artificio, casi documental en su aspereza.

La historia sigue a Diana (Antonia Giesen), una princesa que desafía la prohibición de enamorarse impuesta por su padre, el rey Arturo (Francisco Melo). Cuando conoce a Lalo (Andrew Bargsted), un joven llegado de un lugar lejano que desconoce las reglas de este reino y se enamora de ella, lo que parece el inicio de un cuento de hadas tradicional se quiebra por completo: usando un brazalete mágico, Diana viaja en el tiempo para depositar su alma en un futuro cercano, o quizás un presente paralelo, habitado por las mismas personas que conoce, pero en un contexto radicalmente distinto. A partir de ahí, la película se convierte en una serie de desventuras donde Diana intenta, sin mucho éxito, sostener su relación con Lalo sin traicionar el amor de su padre.

Durante un tramo considerable, Princesa Burro se siente deliberadamente errática, casi como si no supiera a dónde quiere llegar. Los mundos se multiplican, las reglas internas cambian de un segmento a otro, y la sensación de desorientación puede leerse, en un primer momento, como un defecto de guion. Pero es precisamente en esa aparente falta de rumbo donde la película construye su verdadera fuerza: cuando todo empieza a encajar, particularmente hacia el tercer acto, que en un inicio puede sentirse poco justificado, casi apresurado, uno se da cuenta de que todos los elementos necesarios para entender la historia ya estaban ahí desde el principio, solo que dichos al pasar, sin subrayado, esperando pacientemente su momento de revelarse.

Ese tercer acto, con su giro adicional, es también donde la película se anima a mostrar sus cartas temáticas más claramente: el patriarcado, el miedo a madurar, los sacrificios que exige ocupar un lugar en el mundo, la pérdida de la inocencia, y una reflexión sobre el destino de los artificios, sobre qué ocurre cuando decidimos saltarnos las reglas que otros han construido para nosotros. La crítica española especializada ha señalado, con razón, que Princesa Burro termina siendo una obra más oscura e inquietante de lo que su fachada de cuento de hadas sugiere en un inicio: bajo la superficie lúdica hay una crítica firme no solo al patriarcado, sino también a los cambios sociales y políticos, la explotación laboral y el poder corporativo. Aun así, casi todos esos elementos quedan en un segundo plano frente a algo más íntimo: un tenebroso cuento de hadas sobre las dificultades y complejidades del amor.

Formalmente, la película exhibe esa artesanía que el cine estadounidense hace tiempo dejó de perseguir: se siente hecha con las manos, con garras, con una imperfección casi orgullosa. No es una obra terminada en el sentido convencional: hay aristas, hay decisiones que podrían haberse pulido más, pero esa misma rugosidad es también su forma más honesta de comunicar lo que quiere decir. Las actuaciones acompañan bien ese tono: Giesen sostiene a Diana con una fragilidad que nunca se siente pasiva, y el elenco en conjunto entiende que está sirviendo a un cuento de hadas que necesita, para funcionar, tomarse en serio su propia rareza.

Princesa Burro se perfila como una de las mejores películas latinoamericanas de este año, y su presencia en la Competencia Internacional de Locarno, compitiendo por el Pardo de Oro junto a un puñado de propuestas igual de arriesgadas, confirma que León y Cociña siguen siendo de los pocos cineastas capaces de tomar el lenguaje del cuento infantil y torcerlo hasta convertirlo en una herramienta de crítica política sin perder, en el camino, su capacidad de maravillar.