Cuando el fracking se cuenta desde los ojos de un niño (Los nuevos, 2026)

La campiña mexicana rara vez tiene tregua en la pantalla. Es, casi por default, territorio narrativo de la violencia: el narcotráfico como fuerza invisible que todo lo corrompe, comunidades enteras a merced de poderes que no pueden nombrar ni comprender del todo. Los nuevos, la nueva película de Rodrigo Plá (estrenada mundialmente en la sección Locarno Kids Screenings, que este año se convirtió, por primera vez, en categoría competitiva) decide contarnos una historia parecida, pero desde un lugar radicalmente distinto: la mirada dócil, curiosa e inevitablemente optimista de la infancia.

La película es una adaptación de Llegaron con el viento, la novela infantil que Laura Santullo publicó hace diez años y que ahora ella misma traslada al guion, en su primera colaboración directa con Plá desde el terreno de la ficción infantil. Filmada íntegramente en Tacotalpa, Tabasco, con un elenco protagónico formado por niñas y niños de comunidades rurales locales (seleccionados a través de talleres comunitarios en escuelas del municipio), la producción tiene una honestidad regional que se nota en cada plano: no es Tabasco filmado como decorado exótico, es Tabasco filmado desde adentro.

La historia sigue a Tiana, Mateo y Tomás, tres niños acompañados por su perro Nube, que intentan descubrir qué está contaminando los ríos de su comunidad mientras sus propias familias buscan un lugar seguro para empezar de nuevo. Es una trama que, en apariencia, podría sonar a aventura infantil convencional (niños investigando un misterio), pero que en realidad está anclada en problemas dolorosamente actuales: la contaminación del agua por minería clandestina, el empobrecimiento sistemático de zonas rurales, y la privatización forzada de ejidos a través de mecanismos legales que bordean, constantemente, la ilegalidad.

Lo notable de Los nuevos es que nunca convierte esa denuncia en un tratado político explícito. La película entiende que la crueldad fría del despojo capitalista (esa maquinaria que va arrebatando tierra, agua y arraigo a comunidad tras comunidad) se puede narrar sin necesidad de la mirada adulta, cínica y agotada que domina el género. Aquí, los niños no son testigos pasivos de la tragedia: son protagonistas activos que van a la escuela, juegan con su perro, tienen diferencias entre ellos (algunos vienen ya de comunidades previamente desplazadas), y en medio de toda esa cotidianidad infantil, terminan tropezándose con una injusticia que el mundo adulto ha normalizado hace tiempo.

Esa decisión de punto de vista es, en el fondo, una apuesta política en sí misma: elegir la esperanza y el vínculo comunitario como lente narrativa, en lugar del fatalismo, no es ingenuidad. Es una forma de resistencia. Los nuevos se siente como una bocanada de aire fresco precisamente por negarse a narrar el despojo rural mexicano únicamente desde el duelo o la violencia explícita, optando en cambio por reforzar los lazos de empatía y cariño que sostienen a estas comunidades incluso cuando todo alrededor se desmorona.

Formalmente, la película se sostiene en una fotografía luminosa, cálida, que privilegia la textura del paisaje tabasqueño sin caer en el paisajismo turístico, y en un elenco infantil que transmite una naturalidad casi documental, fruto sin duda, del proceso de casting comunitario que llevó a estos niños de la escuela directamente al set. El resultado es una película de verano en el mejor sentido posible: ligera en su superficie, pero cargada, por debajo, de una urgencia política real.

Los nuevos compite ahora por el primer Locarno Kids Award la Mobiliare, evaluado por un jurado juvenil de entre 11 y 15 años, un giro simbólico perfecto para una película que insiste, en cada fotograma, en que los niños no son solo el futuro de estas comunidades, sino ya, en el presente, sus testigos más lúcidos.