La eutanasia como oficio, la humanidad como pregunta pendiente (Violence du corps de l’autre, 2026)

Hay oficios que el cine ha aprendido a filmar con comodidad —el asesino a sueldo, el sicario, el verdugo institucional— porque llevan consigo una gramática narrativa ya conocida: motivos, consecuencias, redención o condena. Denis Côté, en su decimoséptima película, decide no darnos esa comodidad. Violence du corps de l’autre, estrenada en la Competencia Internacional del Festival de Locarno 2026, sigue a Mira, una mujer solitaria que trabaja para una organización nunca del todo explicada, ofreciendo muerte asistida a quienes se la piden. Y la película, con una tozudez admirable, se niega a decirnos casi nada sobre esa organización durante la mayor parte de su metraje.

Esa ambigüedad inicial —quién envía a Mira, si recibe una paga, si existe alguna estructura jerárquica detrás de sus viajes— no es un descuido narrativo, sino la decisión formal más arriesgada y más lograda del filme. Côté entiende que explicar el mecanismo demasiado pronto convertiría la película en un thriller institucional, cuando lo que en realidad busca es algo mucho más incómodo: obligarnos a habitar la mente de alguien que ha normalizado un oficio que, por definición, no debería poder normalizarse nunca del todo.

El punto de inflexión llega cuando otro personaje le hace, directamente, la pregunta que la película entera ha estado evitando: ¿qué tiene que pasar por la vida de alguien para llegar a la conclusión de que este trabajo es viable? ¿Qué clase de experiencia humana convierte la asistencia a la muerte en una ocupación posible? Es una pregunta que no busca respuesta moral —la película, deliberadamente, nunca toma partido sobre si la eutanasia es válida, deseable o correcta—, sino que apunta hacia otro lugar: qué le pasa a una persona, psicológicamente, cuando decide que puede sostener esa responsabilidad, independientemente de cuánto consentimiento exista del otro lado.

Ese desplazamiento del eje moral hacia el eje psicológico es la columna vertebral de la película, y es también lo que la separa de cualquier discurso sobre la eutanasia como debate de política pública. Violence du corps de l’autre no está interesada en convencer a nadie de nada respecto a la muerte asistida. Está interesada, en cambio, en Mira: en su desarrollo personal, en su progresiva humanización o deshumanización, en la pregunta de si es posible ejercer un oficio así sin que termine por vaciarte por dentro.

Larissa Corriveau, en su sexta colaboración con Côté, construye a Mira desde una dureza casi arquitectónica: rasgos duros, corte de cabello duro, elección de vestuario duro. Todo en ella comunica una superficie impenetrable. Y es precisamente contra esa dureza que la película construye su contrapeso más inteligente: rodeando a Mira de personajes con una vitalidad desbordante —Madeleine y Ludo, los habitantes libres del bosque que interrumpen su travesía sin destino, o Pierric, el joven perturbador que también cruza su camino—, la película evita que la historia colapse hacia el nihilismo. Hay incluso comedia involuntaria en algunos de estos encuentros, y esa pluralidad de tonos es lo que impide que Violence du corps de l’autre se convierta en un ejercicio de solemnidad autoindulgente.

Formalmente, la película se apoya en una fotografía que evoca directamente el cine analógico de los años setenta: grano visible, destellos de luz (flare), y ese característico salto o parpadeo —muy propio del súper 8— que le da a la imagen una textura casi táctil, como si la propia materialidad del filme estuviera contaminada por la fragilidad de lo que retrata. La música acompaña esa misma sensibilidad, construyendo una atmósfera que nunca explica del todo el universo que habitamos: no sabemos con certeza qué tipo de organización opera detrás de Mira, ni qué tecnología o infraestructura sostiene sus «pactos de muerte». Y sin embargo, la película logra algo que muy pocas consiguen: hacernos sentir que ese universo, por ambiguo que sea, tiene una personalidad absolutamente definida.

Resulta imposible no leer esta película a la luz de la propia biografía de Côté. El director escribió el guion después de recibir un trasplante de riñón que le salvó la vida en 2023, tras más de una década luchando contra una enfermedad renal degenerativa que amenazaba tanto su vida como su capacidad de seguir haciendo cine. La película está dedicada a su madre fallecida, y Côté ha hablado abiertamente de preguntarse si ella, en sus últimos momentos, habría calificado para un proceso de asistencia médica para morir —la ley, ha señalado, exige capacidad mental plena, algo que no siempre acompaña el final de una vida. Esa sombra biográfica no convierte a Violence du corps de l’autre en una película autobiográfica en sentido estricto, pero sí explica la ternura extraña, casi a contracorriente, con la que Côté observa a una mujer cuyo oficio es, literalmente, acompañar a otros hasta el final.

Lo que finalmente queda, tras noventa y tantos minutos de ambigüedad deliberada, no es una conclusión sobre si el trabajo de Mira es éticamente sostenible. Lo que queda es la certeza de haber sido testigos de un proceso de humanización —o de su fracaso— construido enteramente a través de las relaciones que Mira forja en el camino: con quienes le piden la muerte, y con quienes, sin proponérselo, le devuelven algo parecido a la vida. Côté no ofrece veredicto. Ofrece, en cambio, la posibilidad incómoda de que pocos entre nosotros trabajamos exactamente en lo que amamos, y que la disolución entre lo que somos y lo que hacemos para sobrevivir puede, en los casos más extremos, mirarse fijamente a los ojos sin pestañear.