Hay una premisa clásica que el cine contemporáneo casi siempre olvida: aburrirse no es un vacío, es un territorio. Es el espacio que queda cuando el mundo deja de ofrecernos estímulos, y que, precisamente por eso, nos obliga a rellenarlo con lo único que nos queda disponible: nosotros mismos. Los días libres, la ópera prima de la directora argentina Lucila Mariani, estrenada mundialmente en la sección Cineastas del Presente del Festival de Locarno 2026, entiende esta verdad con una claridad poco común, y construye a partir de ella una película que logra algo extraordinario: hacer del tiempo muerto un espacio de belleza inusitada.
La historia sigue a Bego, una niña de once años que pasa un verano sofocante en Buenos Aires mientras la inflación sube y un eclipse solar se acerca. Pero el verdadero motor emocional de la película no es el clima ni la crisis económica de fondo: es el Shifting, una tendencia viral real entre adolescentes que consiste en técnicas de sueño lúcido diseñadas para “desplazarse” hacia una realidad deseada. Bego se sumerge en esta práctica creyendo que, a través de ella, puede adquirir las herramientas necesarias para alterar el mundo que la rodea. Y ahí es donde la película encuentra su lugar más fascinante: en la frontera exacta entre el juego infantil, la fantasía adolescente y algo que empieza a sentirse, poco a poco, genuinamente perturbador.
Mariani ha descrito su propia película como “una carta de amor a un internet que ya no existe”, y esa frase es la clave para entender su decisión estética más importante. Los personajes tienen smartphones, tienen acceso a redes, pero la textura tecnológica de la película no remite al scroll infinito y alienante de TikTok o Instagram. Remite, en cambio, a un internet más analógico, más artesanal: diseño web hecho a mano, sonidos que evocan los noventa, una sensación casi de ciencia ficción retro, como si la tecnología fuera todavía la promesa de un futuro que imaginábamos hace décadas, y no la vigilancia constante en la que se ha convertido. Esa elección no es nostalgia gratuita: es una manera de recordarnos que el mundo virtual, en sus orígenes, no existía para alienarnos, sino para ayudarnos a encontrar comunidad entre quienes no encajaban en ningún otro lugar, el viejo espíritu de Myspace, de los foros temáticos, de internet como refugio y no como trampa.
Esa dualidad (lo virtual como alienación versus lo virtual como reconexión) es el verdadero tema de fondo de Los días libres, y Mariani lo articula sin necesidad de subrayarlo con moralismo. La película entiende que Bego no busca el Shifting porque esté enferma de tecnología, sino porque está buscando un lugar donde encajar, y no lo encuentra en su entorno inmediato: ni en su relación con su madre, ni del todo en su relación con sus amigas, ni en el mundo adulto que la rodea, ocupado en la inflación y en la vida cotidiana. El Internet no supervisado se convierte, entonces, no en el villano de la historia, sino en la herramienta más honesta que tiene una niña para procesar la sensación de estar fuera de lugar.
Formalmente, la película se sostiene en algo que muy pocas cintas centradas en el tiempo muerto logran: convertir la suspensión temporal en una experiencia sensorialmente rica, en lugar de árida. El aburrimiento de Bego no se siente como vacío narrativo, sino como un espacio genuinamente habitable, casi hipnótico, donde el silencio y la espera adquieren una textura propia. Es un logro considerable para una ópera prima, y habla de una directora con una comprensión madura del ritmo cinematográfico como herramienta emocional, no solo estructural.
Gran parte de ese logro descansa, también, en el trabajo de su protagonista. La actriz que encarna a Bego sostiene la película con una presencia frente a cámara que resulta genuinamente notable: una emocionalidad contenida pero legible, capaz de comunicar la confusión, el deseo de pertenencia y la fascinación por lo desconocido sin necesidad de grandes gestos dramáticos. Es una actuación que, en el contexto de una película sobre el tiempo muerto, tiene que sostener casi todo el peso emocional sin apoyarse en la trama tradicional, y lo consigue con una naturalidad que promete una carrera larga por delante.
Lo más notable de Los días libres, quizás, es que logra ser una película experimental sin volverse hermética. A pesar de nutrirse del silencio, del tiempo suspendido y de personajes que simplemente están intentando sobrevivir el aburrimiento de la mejor manera posible, la película nunca resulta de difícil acceso. Habla con precisión sobre la infancia, sobre la amistad femenina, sobre la relación con una madre, y sobre esa sensación tan específica de sentirse excluida sin saber exactamente de qué. Y lo hace ofreciendo, como respuesta, una de las herramientas más honestas que el mundo contemporáneo nos ha dado para sobrellevar esa alienación: no el consumo pasivo de contenido, sino la posibilidad de que lo virtual todavía pueda ser, como alguna vez lo fue, un espacio de reconexión genuina.
Los días libres es, en ese sentido, un arranque notable para lo que Locarno tiene para ofrecer este año, y una confirmación de que el cine latinoamericano sigue encontrando, en las voces jóvenes, formas nuevas de hablar sobre viejas verdades: que el aburrimiento, lejos de ser el enemigo, puede ser la puerta hacia las partes de nosotros mismos que el ruido constante nos impide visitar.





