Estetizar la pobreza como cura a la pornomiseria (Meteorito, 2026)

Hay un umbral muy delgado entre retratar la pobreza con honestidad y convertirla en espectáculo de consumo fácil, ese subgénero que suele llamarse pornomiseria y que tantas veces ha empobrecido, en el sentido más literal, al cine latinoamericano que intenta hablar de sus propios márgenes. Meteorito, ópera prima del artista visual y cineasta colombiano Sebastián Múnera, presentada en la Semana Internacional de la Crítica del Festival de Venecia 2026, encuentra ese umbral y decide, con una lucidez poco frecuente, no cruzarlo.

La premisa, en su superficie, parece sencilla: Tefa y Nia, dos amigas que viven en un pequeño pueblo a orillas del río Magdalena y crían juntas al sobrino de Nia, se dedican a introducir teléfonos celulares de contrabando en una prisión regional de máxima seguridad. Lo que podría haberse quedado en un simple relato de supervivencia económica se transforma, casi de inmediato, en un universo onírico de una belleza poco habitual, capaz de acariciar la problemática clásica que enfrentan las mujeres del llamado tercer mundo (la pobreza, la maternidad, el peso de ser mujer en un entorno hostil) sin sacrificar jamás la posibilidad de la felicidad ni la dignidad de sus personajes.

El giro narrativo que sostiene toda la película llega cuando Tefa, Nia y el niño se desvían de su ruta habitual hacia la cárcel y terminan, casi por accidente, dentro de un parque de atracciones construido sobre los terrenos de lo que antes fue la Hacienda Nápoles, la antigua finca privada de Pablo Escobar, donde el narcotraficante llegó a mantener su propio zoológico al estilo safari. Después de su muerte, el gobierno colombiano levantó ahí mismo un parque de diversiones, y más tarde, contiguo a él, una prisión de máxima seguridad. Para entrar al parque, hay que cruzar primero un letrero que invita a los visitantes a la verdadera aventura salvaje. Esa contradicción (diversión y encierro compartiendo el mismo terreno, columpios y toboganes construidos sobre la memoria de la violencia) es el verdadero motor simbólico de la película.

Mientras las protagonistas vagan entre resbaladillas, juegos mecánicos y dinosaurios de plástico que aún sobreviven del antiguo zoológico, empiezan a escuchar susurros inquietantes que evocan una forma de violencia latente, enterrada bajo la superficie festiva del lugar. Múnera ha explicado que la animalidad es uno de los temas centrales de la obra, articulada a través de la metáfora de una excavación donde aparece un dinosaurio, y que esa imagen lo condujo a pensar en la memoria como algo que solo puede visitarse realmente con la fuerza de la amistad. Esa idea recorre toda la película: la memoria colectiva de un país marcado por el narcotráfico no se procesa desde el duelo solemne, sino desde el vínculo cotidiano entre dos mujeres que se niegan a dejar que el horror defina por completo el paisaje que habitan.

Ahí está, precisamente, el mayor logro de Meteorito: construir una crítica social contundente hacia un sistema que trata a las mujeres pobres como desechables, sin caer jamás en la idealización ni en la cosificación de esa pobreza. Los personajes son agradables y encuentran momentos genuinos de luminosidad, no a pesar de ser colombianos y vivir en condiciones precarias, sino simplemente porque son personas completas, capaces de alegría real en medio de circunstancias adversas. Esa decisión eleva la película a un registro casi poético, sostenido por una fotografía cuidada, potente y visualmente arriesgada, rodada entre los departamentos de Tolima, Caldas y Antioquia, a orillas del gran río Magdalena, que jamás renuncia a los elementos del kitsch latinoamericano como fuente legítima de belleza.

Esto no es una película que busque lavar o suavizar la identidad latinoamericana ante una mirada externa, sino una que enaltece ese mismo tercermundismo a través de su propia cinematografía, convirtiéndolo en algo casi preciosista, un registro que rara vez se permite el cine que retrata la marginalidad. El guion, lejos de una estructura lineal convencional, avanza a través de momentos de luz afortunados en los que distintos personajes se entrelazan entre sí, generando una atmósfera familiar, honesta, cálida, sin nunca soltar el hilo de una trama de fondo genuinamente cruel: el contrabando de teléfonos hacia el interior de una cárcel de máxima seguridad.

La sororidad entre Tefa y Nia, interpretadas por Ángela Cano y Luna Gaviria, sostiene emocionalmente toda la película, y la victoria que ambas encuentran al final no llega en el terreno narrativo más convencional, sino en uno mucho más poético: la certeza de que la amistad y el cuidado mutuo pueden funcionar como refugio incluso quando todo el entorno insiste en recordarles la fragilidad de su situación. En ese sentido, Meteorito dialoga con una tradición muy específica del cine latinoamericano reciente, aquel que ha aprendido a mirar la precariedad sin condescendencia y sin miseria calculada, encontrando en la belleza formal una forma legítima de resistencia política.

Meteorito es, en definitiva, una de esas óperas primas que confirman una voz absolutamente propia desde su primer largometraje. Ojalá pronto pueda visitar otros festivales importantes además de Venecia, y sobre todo, ojalá pueda llegar tanto a las salas de su Colombia natal como a la cartelera mexicana en un futuro cercano, porque se trata de una película que merece encontrar a su público mucho más allá del circuito de festivales que la vio nacer.