El optimismo no salvará al mundo sino reinventa su fórmula (Bunker, 2026)

Hay una paradoja incómoda en el cine que intenta hacer una defensa activa del optimismo político: entre más urgente es el mensaje, más riesgo corre de resolverse con la misma comodidad narrativa que dice estar combatiendo. Bunker, la nueva película de Florian Zeller presentada en Competencia Oficial del Festival de Venecia 2026, cae exactamente en esa trampa, a pesar de partir de una premisa filosóficamente prometedora.

Miguel Moreno (Javier Bardem), arquitecto español radicado en Londres, reconocido por su estilo minimalista pero orgánico, recibe la oferta de un magnate tecnológico para diseñar su búnker apocalíptico en suelo estadounidense. Esa decisión pone en jaque, casi de inmediato, su matrimonio de diecisiete años con Sofía (Penélope Cruz), exitosa editora literaria que empieza a cuestionar si la vida que han construido juntos, esa fachada de armonía londinense, no es más que la antesala de algo mucho más ridículo y desmedido de lo que jamás imaginaron necesitar.

El planteamiento filosófico de fondo es genuinamente interesante: la idea de que negarse a prepararse activamente para un mundo mejor, refugiándose en el pesimismo cómodo de la indecisión, equivale en la práctica a dejar que ese mundo termine de pudrirse. Miguel se ve obligado a decidir si quiere convertirse en alguien que lucha activamente contra ese pesimismo, o si prefiere rendirse ante él, aceptando el encargo de construir literalmente un refugio para el fin de los tiempos. Es un dilema moral con potencial genuino para incomodar, para obligar al espectador a examinar su propia relación con la esperanza y la resignación en un momento histórico particularmente propenso a ambas.

El problema es que, en la ejecución, Bunker rara vez se atreve a arriesgar algo con esa premisa. La trama termina resolviéndose de manera bastante simplista, apoyándose casi exclusivamente en el gancho evidente de ver a Cruz y Bardem, pareja también en la vida real, interpretando una vez más a un matrimonio en crisis que termina reconciliándose (o al menos procesando su fractura) de la forma más previsible posible. Los personajes quedan encasillados con rapidez: el arquitecto atormentado por su propia complicidad con el poder, la esposa que empieza a cuestionar los privilegios que sostienen su vida, las hijas que aportan color emocional sin alterar demasiado el rumbo de la historia. Ni siquiera el vecino interpretado por el elenco secundario logra aportar una verdadera complicación a la trama.

Lo más frustrante de Bunker no es que sea una mala película, porque técnicamente no lo es. Lo frustrante es que se siente como si hubiera sido armada siguiendo un manual de guion paso por paso: toma a una pareja real y reconocible, ponla en una casa en Londres, dale a cada quien un conflicto profesional que amenace su matrimonio, y remata con una metáfora sobre la necesidad de amarnos los unos a los otros para poder enfrentar juntos un mundo incierto. Es una fórmula efectiva para generar una ovación larga (y de hecho la generó, más de dieciséis minutos en su premiere veneciana), pero que no toma ningún riesgo real para ofrecer una posición moral genuinamente adelantada a su tiempo.

Ahí está el verdadero problema de fondo, uno que trasciende esta película en particular: en un momento donde la maquinaria mediática y de propaganda que empuja discursos regresivos y pesimistas es abrumadora, el cine que se asume progresista necesita algo más contundente que una pareja glamorosa reconciliándose en una casa elegante. Merecemos un cine de izquierda que se atreva a incomodar de verdad, capaz de generar una crítica tan afilada como la que logró, por ejemplo, Parasite, y no simplemente otra película donde Bardem y Cruz vuelven a demostrar que, juntos, siguen sabiendo cómo interpretar el amor y el conflicto conyugal. El mensaje de Bunker es amable, es urgente en el papel, y probablemente conecte con una gran cantidad de público. Pero como ejercicio de cine político, se queda exactamente donde empieza: cómodo, seguro, y demasiado consciente de su propio encanto como para arriesgar algo genuinamente perturbador.