Hay películas que triunfan precisamente por no intentar reinventar nada. The Color of the Sun, ópera prima del fotógrafo y realizador Xavier Tera, presentada en la sección Orizzonti del Festival de Venecia 2026, pertenece a ese grupo: un coming of age de verano japonés que no busca sorprender con giros inesperados, sino ejecutar con solvencia total un género clásico, y en esa ejecución encuentra su mayor virtud.
La historia sigue a Kamei (Naoto Shimajiri), un adolescente que atraviesa su último verano antes de graduarse de la preparatoria en la isla principal de Okinawa, todavía procesando la muerte de su padre y la fractura que esa pérdida provocó en su relación con su madre. Todo cambia cuando conoce a Colin (West Mulholland), un chico criado dentro de la base militar estadounidense de Naha, uno de esos gaijin que, aunque llevan toda su vida en suelo japonés, hablan el idioma y trabajan ahí, siguen habitando un espacio aislado, casi como un país extranjero enclavado dentro de otro país. A través de esa amistad, Kamei empieza a descubrirse a sí mismo: primeros despertares sexuales, lealtades confusas, una traición que se gesta lentamente, todo bajo el zumbido constante de los helicópteros militares que sobrevuelan la isla.
Lo más inteligente de la película es cómo utiliza el contexto histórico y político de Okinawa, todavía hoy hogar de más de treinta bases militares estadounidenses pese a que el control administrativo de la isla regresó a Japón en 1972, no como telón de fondo decorativo, sino como estructura emocional del propio protagonista. Kamei se convierte casi en un espejo del territorio disputado que habita: sus lealtades se complican, le cuesta tomar partido, y esa indecisión retrasa su propia maduración de la misma manera en que la ambigüedad política de Okinawa retrasa su propia autodeterminación. El abuelo de Kamei, que dirige un centro comunitario utilizado como plataforma para exigir la independencia de las islas Ryukyu, ancla ese trasfondo colonial directamente en la trama familiar, evitando que la crítica política se sienta forzada o añadida después.
La tensión entre Kamei y Colin funciona, precisamente, porque sus posiciones son diametralmente opuestas: Kamei quiere desesperadamente irse de la isla, cargando con la memoria de su padre y la sensación de una vida sin rumbo; Colin, en cambio, quiere quedarse a toda costa, aunque el traslado repentino de su padre a otra base fuera de Japón amenaza con obligarlo a partir. Esa inversión de deseos entre el local que quiere escapar y el ocupante que quiere quedarse es uno de los hallazgos más finos del guion, y le da una textura emocional genuina a lo que de otro modo podría haber sido un coming of age completamente convencional.
Formalmente, la película es deslumbrante: la fotografía corre a cargo de Sayombhu Mukdeeprom, el mismo director de fotografía detrás de Call Me by Your Name y Challengers, y esa sensibilidad para capturar la luz del verano y la textura de los cuerpos jóvenes se nota en cada plano. El resultado es una experiencia visualmente cálida y luminosa, incluso cuando la trama se adentra en territorios de traición y desencuentro.
The Color of the Sun no necesita reinventar el género para funcionar. Le basta con entender exactamente qué promete un coming of age veraniego, con amistades confusas, un chico perdido que se va encontrando poco a poco, y un clímax bien estructurado donde todos esos cambios internos finalmente convergen, y entregarlo con una honestidad y una calidez pocas veces vistas. Es una de las experiencias más hermosas que pude tener en el Festival de Venecia este año, y espero de verdad que encuentre un recorrido comercial amplio, porque merece llegar a muchas más salas de las que probablemente le tocarán en un primer momento.





