Después de Bardo, una de las películas más polémicas, extrañas e incomprendidas en lo que va de la carrera de Alejandro González Iñárritu, el director regresa con una cinta que se siente más gringa, más pulida, más directa al punto, conectando con temáticas que ya le habíamos visto resolver mucho mejor en Birdman: esa intersección constante entre ficción y realidad que en Bardo aparecía de forma menos acabada. El talante que ofrece Tom Cruise en esta película, junto a un elenco mucho más dinámico y controvertido, ayuda a que esa idea de la metaficción se vuelva mucho más central.
Sin embargo, donde Birdman, con Michael Keaton revelándose ante nosotros como parte de un juego meta, un actor imaginando su versión más onírica y superheroica dentro de su propia cabeza, iba directo al grano apoyado en ese extraordinario soundtrack de batería de Antonio Sánchez, en Digger ocurre algo distinto: se siente un letargo preocupante en la producción durante su primera media hora de metraje, hasta que finalmente se revela la dinámica real de la película: una obra de teatro de alta producción que está siendo ensayada y presentada durante un futuro próximo que también tiene su propia historia.
Mientras se van revelando estas capas de realidad, la película entorpece su propio ritmo, porque peca de pensar que el espectador necesita ser llevado de la mano, a través de las distintas capas para hacerle sentir un asombro, cuando se revela que la matrushka tiene otra muñeca dentro. En lugar de atreverse, como hacía Birdman, a dejar que el jazz fluya, que la conversación nos arranque y nos jalonee de un lado a otro sin que entendamos del todo qué está pasando, pero con la certeza de que eventualmente lo entenderemos. La fotografía de Emmanuel Lubezki ayuda por supuesto a crear esta ilusión de hiper-realidad con primeros planos y un acercamiento emocional delicioso pero incluso ahí se siente un Iñárritu demasiado intelectualizado, demasiado preocupado por una de sus filias más queridas: mostrarnos el Gran Cine, con mayúsculas, ese que siempre ha caracterizado su obra a través de grandes momentos simbólicos y una catarsis grandilocuente. La película peca de querer llegar a ese punto álgido lentamente, cuando pudo haber tenido una vertiginosidad mucho más interesante, sobre todo porque, al igual que Bardo, se siente dislocada: una serie de escenas dispares que aquí están justificadas como parte de una producción teatral, ya sea que estemos viendo la obra en sí o el detrás de cámaras de la misma, pero cuya cohesión resulta emocionalmente pobre.
Cuesta trabajo no comparar Digger con Birdman al ser, en esencia, la misma historia: un protagonista de teatro intentando sopesar su vida y la obra de teatro que desea sacar adelante. En Birdman estos elementos estaban mucho mejor articulados como ya mencioné antes. Donde Digger sí brilla, y Birdman no, es en la diversidad de su elenco. Hay momentos muy brillantes de Riz Ahmed, y a John Goodman haciendo lo que mejor sabe hacer, estar enojado, retratando una masculinidad hipertóxica que no podría estar mejor encarnada que en esta especie de presidente alegórico de Donald Trump. El propio Digger, interpretado por Tom Cruise, construye a su manera el arquetipo clásico del machista petrolero tejano, el oil bastard que ya habíamos visto, de forma mucho más afilada, en There Will Be Blood.
A través de este antihéroe de toda la vida, se plantea la problemática de un mundo en declive que la obra de teatro retrata, de forma fársica, a las grandes potencias que sucumbieron ante un caos oligárquico pospetrolero, dejándonos entrever una verdad tan hiperreal, que ya no sabemos si tiene algún valor. Es una crítica frontal a la campaña y a la persona de Donald Trump, que alcanza su punto más contundente cuando el personaje de Riz Ahmed es obligado a confesar cómo los oligarcas petroleros sabían desde el principio que estaban aniquilando el mundo, solo para que Digger suba al estrado en una pseudocorte internacional, estilo ONU, y declare que a pesar de hacer un mal terrible, ese mal era necesario para el mundo, y que todos sabíamos lo que pasaba sin atrevernos a detenerlo. La culpa, entonces, no es del oligarca, sino nuestra, de los pobres tontos que nunca organizamos una rebelión contra el poder. Esa demagogia tan típica (como bien podría Trump utilizarla al culpar a China, a Rusia o a la incompetencia europea) enmarca muy bien el momento que vivimos hoy, de una manera extraordinaria y al mismo tiempo naíf.
Iñárritu se apuntala como un gran director en el sentido técnico: la obra se siente magna, articulada sin fallos, una conjunción impecable de lenguaje cinematográfico, sonido y guion. La dirección actoral es igualmente notable, con un Tom Cruise capaz de cambiar de registro en un parpadeo, una Sandra Hüller en un papel maravilloso, y pequeños guiños a actores espectaculares, como Michael Stuhlbarg y los demás miembros del gabinete presidencial que acompañan a Goodman, al unísono, creando una atmósfera extraordinaria.
Y sin embargo, pese a esa crítica interesante, Digger no es lo suficientemente tajante, y en realidad no nos manda a casa con un mensaje novedoso. Es una película que, aunque Donald Trump llegara a ver o escuchar sobre ella, ni le valdría para opinar algo al respecto, porque las acusasiones se queda en lo anecdótico, sin llegar a hacernos reflexionar de verdad. Durante el clímax de la cinta, se genera una catarsis nociva y una humanización del protagonista al entremezclar la vida emocional del actor y su papel en la obra, hasta cierto punto, manipuladora. Esto nos hace vincularnos sentimentalmente con Digger no como el villano, no como un hombre en eterno declive, sino como héroe, uno inmerso en la farsa de su vida que, a pesar del eventual declive y fracaso, cumple su cometido de la forma más épica, heroica y gringa posible. Como diría Silverio Gama en Bardo: “Solo los mexicanos somos capaces de convertir una vergonzosa derrota en una victoria mítica”. Parece que a Iñarritu se le olvidó que Digger no es mexicano y que así como el racismo a la inversa no existe, tampoco debe existir ensalsar los valores de la potencia mundial que está acabando con el mundo, no en el plano onírico y metadiscursivo de la cinta, sino en este exacto momento histórico que estamos atravesando.
Porque al final, a lo que apuntala la película no es a una revolución ni a un cambio social, en este momento en el que todavía estamos a tiempo de detener el iceberg antes de que se forme, sino a un futuro en el que simplemente reconstruimos el mundo ya destinado a destruirse, creando arte que nos ayude a sopesar las heridas que nos causaron estos oligarcas. No hay peor cobardía artística, ni mayor traición a la esperanza que este mundo necesita, que hacer una obra que parte de la idea de que el mundo sí se va a acabar, que sí será un desastre, y que no podremos hacer otra cosa más que lamernos las heridas, en lugar de salir a la calle, tomar las fuerzas políticas por nuestra propia mano, y lograr un cambio contundente ahora que todavía estamos a tiempo.





