La superación personal, disfrazada de altruismo (Primetime, 2026)

Lance Oppenheim, documentalista reconocido que da el salto a la ficción, construye Primetime con una mecánica narrativa quebrada que genera una tensión interesante desde su propia fragmentación. La fórmula visual es uno de sus mayores aciertos: cámaras prácticamente digitales, sobresaturadas, que producen una imagen al mismo tiempo noventera y con esa textura televisiva que hace tiempo no veíamos en pantalla grande, filmada en formato 4:3 que coquetea constantemente con la estética del reality show. Esa decisión formal le sienta perfecto al tema, porque la película retrata la relación de un hombre con la fama a través de un programa que busca atrapar infraganti a pedófilos que van a citas concertadas con quienes creen son menores de edad, basándose libremente en el verdadero fenómeno televisivo To Catch a Predator.

La premisa nace de un lugar genuinamente interesante: por un lado, sí se está haciendo un bien a la comunidad al desterrar a esta escoria; por otro, se presenta como un show consumible, como entretenimiento puro, casi como si una ejecución eléctrica fuera televisada en vivo. Esa dualidad tan americana, donde en pro de llevar a estos personajes ante la justicia se terminan enalteciendo valores que podrían alcanzarse con mecánicas mucho menos rimbombantes, es el verdadero corazón crítico de la película. Y, sin embargo, aunque la trama no se centra realmente en las capturas sino en la evolución del personaje de Robert Pattinson, el tono general termina subvertido por esa misma lógica espectacular que la película dice estar denunciando.

Pattinson está muy bien representado bregando constantemente con esa contradicción: su Chris Hansen insiste en que esto no es entretenimiento, que el Emmy está bien pero lo importante es la retribución social, mientras que el título mismo de la película, Primetime, apunta directamente a lo contrario: lo que realmente mueve al personaje es conseguir ese horario estelar, ese lugar privilegiado desde el cual justificarse socialmente ante su familia, ante sí mismo, ante la relación con sus hijos, de una manera tan americana como enfermiza que nos obliga a cuestionar todo el tiempo si Hansen es tan consciente de sus propios motivos como cree serlo. Es, sin exagerar, la dinámica dual más potente del filme, muy bien elegida por un Pattinson que de nuevo demuestra su gusto por papeles pequeños pero contundentes, mucho más cercanos a lo que ofreció en Good Time junto a los hermanos Safdie que a sus blockbusters recientes, razón por la cual esta película, de un calibre más artístico, encontró su lugar natural en Venecia.

El otro eje central de la historia es Dan Plumb (Skyler Gisondo), el nuevo cebo que atrae a los pedófilos a la casa. Su papel como actuación es mínimo: recibirlos, asegurarse de que cierren la puerta, sentarse, y dejar que Hansen haga el resto. Pero Gisondo construye con una precisión notable lo que significa vivir el acoso en carne propia, aunque sea de forma breve e indirecta, cada vez que un depredador entra en esa casa e interactúa con él. El problema de fondo es que ambos personajes, Hansen y Dan, coquetean con la misma contradicción: para alcanzar el ideal de llevar a estos hombres ante la justicia, deciden hacerlo de la manera más siniestra y extraña posible, convirtiéndolo en un programa de televisión, una subversión total de lo que uno esperaría, como crear una unidad especializada o impulsar políticas públicas reales contra la pedofilia. Es esa decisión tan gringa la que le da a la película su extrañeza particular, y también la distancia irónica, casi cómica, con la que terminamos vinculándonos a ella: es terrible que a un actor contratado para televisión se le exponga de esa forma, y aun así resulta hasta gracioso que ese mismo actor se haya inscrito de manera tan ingenua en semejante maquinaria sin anticipar del todo en qué se estaba metiendo.

El mensaje antipedófilo de la película nunca está en duda, y tampoco debería estarlo. El problema es de género, no de postura moral: Primetime nunca termina de decidir qué quiere ser. De repente es un thriller, de repente una comedia, de repente un drama social, de repente casi una tragedia griega, y al no concatenar estos registros de manera redonda, pasado cierto tramo de metraje dejamos de saber hacia dónde se dirige la historia. No sabemos si habrá un gran momento épico de captura final, si el programa perderá o conservará su horario estelar, o si la infidelidad que Hansen le oculta a su esposa, ya filtrada a los tabloides, será lo que finalmente precipite su caída. Esa indefinición termina siendo, a la vez, lo más honesto y lo más frustrante de la película.

Primetime es, en definitiva, una propuesta sólida, interesante y un experimento entretenido, pero probablemente no llegará lejos en la temporada de premios. Es una película menor dentro de la filmografía de Pattinson, que con el tiempo quedará eclipsada por otras joyas indie como Good Time, aunque no deje de ser, en su desorden genérico, un retrato fascinante de la obsesión americana por convertir la justicia misma en espectáculo.