Un tributo a Lorca que triunfa en la forma y tropieza en el fondo

Hay películas que ganan por nocaut técnico, y La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi (Los Javis), pertenece sin duda a esa categoría. Ganadora del premio a Mejor Dirección en Cannes 2026 (compartido con Paweł Pawlikowski por Fatherland) y del People’s Choice Award en Toronto, la película es prácticamente inatacable en su ejecución formal: sus planos secuencia, sus secuencias musicales, la dirección de actores, el manejo del talento, la fotografía de Gris Jordana, la música de Raül Refree y el guion mismo funcionan como un engranaje sólido por donde se le mire. Es una película redonda en su artesanía, y no es casualidad: toma como punto de partida las apenas cuatro páginas que Federico García Lorca alcanzó a escribir de su obra homónima antes de ser asesinado en 1936, cruzándolas con La piedra oscura, la pieza teatral de Alberto Conejero, para construir algo enteramente nuevo.

La estructura, dividida en tres historias entrelazadas ambientadas en 1932, 1937 y 2017, es en sí misma un acierto de guion. Seguimos a Sebastián (Guitarricadelafuente, en un notable debut actoral), Alberto (Milo Quifes) y Carlos (Carlos González), tres hombres homosexuales separados por décadas pero unidos por el peso de una misma herencia: la del deseo silenciado, el dolor heredado y la sombra de Lorca sobrevolando cada época. Penélope Cruz aparece como la cupletista Nené Romero, Lola Dueñas como la madre de Alberto, y Glenn Close como Isabelle Durand, la historiadora que en 2017 ayuda a Carlos a desenterrar ese pasado. Es, sin exagerar, un homenaje directo a uno de los mejores poetas que ha dado el mundo, con una sensibilidad genuina para retratar la intersección entre la homosexualidad y la Guerra Civil Española, un cruce que el cine español rara vez se ha atrevido a explorar con esta ambición.

El problema, inevitablemente, llega después de reconocer todo eso. La bola negra termina siendo, al fin y al cabo, una película de Los Javis, y eso significa que arrastra consigo las virtudes y los vicios de directores que han trabajado más en televisión que en cine. Los personajes, a pesar de la ambición estructural, no terminan de construirse en profundidad: se nos entregan ya hechos, prearmados casi como personajes pop, y la historia arranca dando por sentado que basta con tres o cuatro escenas y media docena de líneas de diálogo para que el espectador entienda sus motivaciones completas. Es un vicio muy propio del lenguaje seriado, donde la presentación de un personaje suele resolverse en un par de escenas iniciales que se supone deben sostener toda la empatía posterior.

Ese problema se vuelve particularmente evidente en la historia central, ambientada en plena Guerra Civil: el romance entre Sebastián y Rafael (Miguel Bernardeau), un soldado herido de muerte y capturado por el enemigo. En ese contexto extremo, ver nacer un romance con la velocidad y la ligereza de un flechazo instantáneo exige una suspensión de la credulidad que la película no logra justificar del todo. No todas las películas necesitan atarse a una lógica realista para que sus romances funcionen, pero en este caso concreto, tratándose de un tema con tanto peso histórico y emocional, la decisión de Los Javis de apostar por un registro más melodramático, más cercano al lenguaje seriado y a cierto tono casi de telenovela elevada, termina restándole verosimilitud a un momento que merecía mayor densidad dramática.

Y sin embargo, ahí donde el guion se queda corto en la construcción psicológica de sus personajes, la película encuentra una justificación distinta y genuinamente valiosa: la del cine queer entendido como su propia liga, con sus propias reglas. Vista desde esa óptica, La bola negra cumple satisfactoriamente con lo que se propone. Es una película hecha por la comunidad LGBT y para la comunidad LGBT, sobre un capítulo de la historia española que rara vez se ha contado desde esta perspectiva, y ese solo gesto, el de reclamar a Lorca y a la Guerra Civil desde una mirada abiertamente queer, tiene un valor político y cultural que trasciende cualquier reparo sobre la profundidad de sus arcos narrativos. Es una película que, a pesar de sus personajes de trazo más pop que shakesperiano, deja un sabor de boca del que se sigue hablando mucho después de los créditos.