La lengua como patria imposible de Thomas Mann (Fatherland, 2026)

Es evidente que pocas patrias más extrañas puede haber que la alemana. Dejando de lado el pasado del Holocausto y el actual apoyo al genocidio en Gaza, pertenecer a una tierra dividida entre el capitalismo y el comunismo y, para colmo, heredera de una de las tradiciones culturales más importantes de Europa, constituye en sí mismo una contradicción contundente. Por eso fue tan complejo para Thomas Mann, en primera instancia, tomar la decisión de no volver a su país después de su forzoso exilio durante los años nazis, y regresar solo cuando ya había pasado tanto tiempo que hasta tenía un nuevo pasaporte: el americano.

En Fatherland, la última cinta de Paweł Pawlikowski, estos hechos se narran desde la perspectiva del mínimo núcleo familiar, con Hanns Zischler encarnando al escritor y Sandra Hüller, espectacular como siempre, en un papel que compite por la coestelaridad, como su hija y asistente. Ambos emprenden, en el verano de 1949, un viaje en un Buick negro que atraviesa una Alemania en ruinas, de la Fráncfort ocupada por Estados Unidos hasta la Weimar bajo control soviético, rumbo a la ceremonia donde Mann recibirá el Premio Goethe.

Es a través de esa dinámica que nuestros personajes exploran una Alemania de posguerra fragmentada, no solo por la caída del régimen fascista, sino por su reciente repartición entre el imperio americano y la Unión Soviética. Ahí donde la cinta podría parecer un simple ejercicio anecdótico e histórico, encuentra en cambio algo mucho más vivo: un país que quiere hacer el duelo de su propia historia pero no sabe cómo, al que se le exige pasar la página mientras sigue atrapado bajo el peso de lo que fue. La cuestión central es la identidad.

Y es que en Fatherland los soviéticos son estructuralmente soviéticos, los americanos pragmáticos, y los alemanes, bueno, los alemanes se encarnan con el pesar del más hermoso de los romanticismos, con el dolor de sentirse perdedores, con orgullo de ser a veces, todavía racistas y por supuesto, profundamente macerados por una lengua que como explicaría Klaus, hijo de Mann, “se inventó para mentir”.

Por fortuna, los juegos lingüísticos no terminan ahí: Erika, el personaje de Sandra Hüller, intercambia sin miramientos el francés por el alemán para volver al inglés, demostrando en el proceso los pliegues de la lengua que, muy a nuestro pesar, determina nuestro carácter y nuestra ineludible identidad. Así una avalancha babélica de preguntas culminan en la más importaten: llevando Mann tanto tiempo fuera, ¿cuál fue hoy por hoy su casa? En una de las escenas más extraordinarias de la cinta, Mann no puede evitar responder la pregunta con otra. Porque su casa, dein Haus en alemán, se encuentra en California. Sin embargo, la pregunta en realidad no es esa, y gracias a la complejidad de la lengua germana, es otra muy distinta: ¿dónde se encuentra el Heimat para Mann? ¿Dónde se encuentra el lugar al que pertenece, dónde se encuentra su lugar en este mundo? Eso el escritor no puede resolverlo.

Así, la cinta deja claras sus intenciones: estamos frente a un hombre a quien el mundo le exige una posición política clara, mientras que él es, por desgracia, más un ornamento cultural que un ícono político con agencia real en el mundo, y desea sortear su vida con un desapego que roza la cobardía. A pesar de que la historia tiene una fuerza demoledora al presentar los conflictos de nuestra dupla padre e hija, las viñetas cuidadosamente seleccionadas nos dejan ver un abanico de situaciones complejas y políticas. Unos nazis pretenden convencer a Mann que en nombre de Wagner se debe reabrir un teatro fascista. Los soviéticos utilizan la retórica para explicarle a Mann de que no hay poeta más marxista que Goethe. Los corresponsales de todo el mundo dejan claras sus intenciones, tanto a través de su lengua como con sus preguntas específicas.

Así, el director nos entrega una película carente de carne, exclusivamente hueso: solo la materia prima se deja ver, filmada en un blanco y negro que funciona menos como nostalgia de época que como despertar, como si la propia imagen estuviera reconociendo, fotograma a fotograma, la magnitud de lo que el país todavía tiene pendiente por asumir. Esa economía reduce el metraje de una manera formidable, y le funciona muy bien a una cinta que se empeña en ejemplificar el alemán como una lengua ineludiblemente barroca, compleja y, por lo tanto, capaz de engañarnos. Es esta contradicción la que hace de Fatherland una cinta dinámica, rápida y a la vez muy profunda, a la vez reflexiva, con unas intenciones claras y congruentes que resuenan con nuestro momento presente: cualquier sociedad que deje su ajuste de cuentas a medias corre el riesgo de recaer, tarde o temprano, en sus viejas jerarquías.

En un tiempo en el que la tibieza es castigada, ya no estamos en condiciones de esperar que una persona con influencia sobre los demás no esclarezca sus convicciones. En los tiempos de Mann, ese lujo se podía dar, pero bajo la óptica del presente, Fatherland nos deja claro que entendernos a nosotros mismos para posicionarnos ante el mundo no es un lujo: es una tarea tácita.