Y es que, por fortuna o por desgracia, Spielberg es tan profundamente Spielberg que ya hay muy poco nuevo que decir sobre su cine. Su dominio del lenguaje cinematográfico sigue siendo extraordinario. La cámara se mueve con una precisión quirúrgica; cada encuadre, cada transición y cada movimiento parecen inevitables. Es uno de esos directores cuya puesta en escena parece tan natural que el espectador olvida el inmenso trabajo que existe detrás. Pocos cineastas contemporáneos poseen semejante control del ritmo, del espacio y de la emoción.
Precisamente ahí reside la paradoja.
Durante años, Spielberg fue el director que definió la gramática del blockbuster moderno. Hoy sigue dominando esa gramática mejor que casi cualquiera, pero ya no parece interesado en expandirla. Su cine continúa perfeccionando un idioma que él mismo ayudó a inventar, cuando el resto del medio lleva años intentando hablar otros dialectos. Mientras el cine contemporáneo se ha vuelto más ambiguo, más incómodo y menos dispuesto a ofrecer respuestas morales sencillas, Spielberg sigue creyendo que una gran puesta en escena y un mensaje humanista bastan para cerrar la conversación.
Por eso Disclosure termina sintiéndose menos como una película nueva que como una variación de ideas que el propio Spielberg lleva explorando desde Close Encounters, E.T. o incluso A.I.. La fascinación por el Otro, la reconciliación emocional, la restauración del vínculo humano, la fe en que comprender al diferente basta para transformar el mundo. Son obsesiones perfectamente legítimas, pero aquí aparecen sin una reformulación que dialogue con el presente.
Y quizá esa sea la mayor limitación de la película: no fracasa por estar mal hecha, sino por estar demasiado bien hecha. Todo funciona exactamente como debería funcionar. Cada emoción llega cuando debe llegar, cada revelación tiene el peso preciso, cada crescendo musical encuentra su recompensa. Pero nunca existe la sensación de que la película pueda desbordarse, equivocarse o descubrir algo que ni siquiera su propio autor esperaba. Es un cine de absoluto control, y a veces el arte necesita justamente perder un poco el control.
Por eso la película termina sintiéndose prescindible. Entramos y salimos de ella con prácticamente las mismas ideas con las que llegamos. Hemos visto una demostración impecable de oficio, pero no una obra capaz de modificar nuestra manera de entender el mundo.
Tampoco sé si sería justo exigirle otra cosa. Después de una carrera de más de cincuenta años, es natural que un autor termine convertido en prisionero de su propio legado. Tal vez Spielberg ya no necesite reinventarse; quizá tampoco quiera hacerlo. Pero eso no impide reconocer que su cine parece haber dejado de hacer preguntas para limitarse a confirmar las respuestas que lleva décadas formulando.
Por eso Disclosure probablemente ocupará un lugar discreto dentro de su filmografía. Se vende como una gran revelación, apoyándose en el morbo de descubrir si los extraterrestres existen o no, como si estuviera a punto de abrir una nueva caja de Pandora. Sin embargo, cuando finalmente la abre, descubrimos que dentro no hay una revolución, sino una certeza que ya conocíamos.
El gran mensaje que el extraterrestre susurra al final no hace más que reiterar una idea que el cine, la filosofía y la política llevan décadas intentando desarrollar: hay que escuchar al otro, comprenderlo y empatizar con él.
Solo que ese ya no es el debate de nuestro tiempo.
Hoy el problema no es la falta de discursos sobre la empatía; el problema es la incapacidad para convertir esa empatía en acción política, social y material. Ahí es donde Disclosure se queda suspendida. Su mensaje habría sido profundamente provocador hace treinta o cuarenta años. Hoy se siente como una verdad tan aceptada que ha perdido buena parte de su capacidad transformadora.
Y quizá esa sea, en el fondo, la tragedia de Spielberg: sigue siendo uno de los cineastas más extraordinarios para contar historias, pero cada vez parece menos interesado en descubrir una nueva que contar.