Aura (interpretada por la musa de Christian Petzold, Paula Beer) es una joven y reservada profesora de piano de Berlín. Se une con dudas a un viaje con amigos al que claramente no quiere ir. Eventualmente decide regresar, pero un accidente automovilístico mata trágicamente a su novio Jakob (Philip Froissant).
Barbara (Barbara Auer), una mujer atenta y serena que presencia el accidente, le ofrece refugio en su casa familiar a las afueras de Berlín. Su hospitalidad se siente cálida, aunque inquietante. Barbara cuida de Laura con respeto, pero su devoción resulta extrañamente íntima. Su esposo Richard (Matthias Brandt) y su hijo Max (Enno Trebs) reaccionan con una incomodidad silenciosa. Aun así, Laura decide quedarse unos días.
Los dos hombres apenas logran conectar con Barbara. También mantienen cierta distancia con Laura, aunque aceptan su presencia. Una extraña tranquilidad domina el ambiente. Parece que falta algo, y que Laura finalmente está llenando ese vacío. Los días pasan mientras los cuatro comparten comidas, largos paseos en bicicleta y algo de jardinería. Nunca queda claro si Laura pidió quedarse o si la familia la manipuló emocionalmente para hacerlo. ¿Está la protagonista bajo una especie de hechizo emocional? ¿Está escapando de una fuerza invisible?
El conflicto es tan contenido como el desarrollo mismo de la historia. Lo que comienza como un misterio termina derivando sin una dirección clara. Miroirs No. 3 se queda suspendida en la exploración del duelo y la dinámica familiar sin llegar a una resolución verdaderamente significativa. Poco a poco se vuelve evidente que Laura está reemplazando a alguien más, y que no desea volver a casa. Sin embargo, sus motivaciones permanecen deliberadamente ambiguas.
La nueva película del director más reconocido de la Escuela de Berlín se siente inconclusa e incompleta, como si algo mucho más grande hubiera sido reducido a su mínima expresión. La premisa funciona, pero el recorrido se siente irregular. Paradójicamente, Petzold busca tanto el minimalismo como la complejidad. Como resultado, Miroirs No. 3 — nombrada en honor al tercer movimiento de la suite para piano de Ravel — termina sintiéndose ligera, efímera y superficial. La película no ofrece ni una conclusión satisfactoria ni una reflexión verdaderamente poderosa.