
La Caja de Pandora estába vacía (Disclosure Day 2026)
Y es que, por fortuna o por desgracia, Spielberg es tan profundamente Spielberg que ya hay muy poco nuevo que decir sobre su cine. Su dominio del lenguaje cinematográfico sigue siendo extraordinario. La cámara se mueve con una precisión quirúrgica; cada encuadre, cada transición y cada movimiento parecen inevitables. Es uno de esos directores cuya puesta en escena parece tan natural que el espectador olvida el inmenso trabajo que existe detrás. Pocos cineastas contemporáneos poseen semejante control del ritmo, del espacio y de la emoción. Precisamente ahí reside la paradoja. Durante años, Spielberg fue el director que definió la gramática del blockbuster moderno. Hoy sigue dominando esa gramática mejor que casi cualquiera, pero ya no parece interesado en expandirla. Su cine continúa perfeccionando un idioma que él mismo ayudó a inventar, cuando el resto del medio lleva años intentando hablar otros dialectos. Mientras el cine contemporáneo se ha vuelto más ambiguo, más incómodo y menos dispuesto a ofrecer respuestas morales sencillas, Spielberg sigue creyendo que una gran puesta en escena y un mensaje humanista bastan para cerrar la conversación. Por eso Disclosure termina sintiéndose menos como una película nueva que como una variación de ideas que el propio Spielberg lleva

La ternura como último refugio (Moscas, 2026)
Durante la Berlinale de este año, mientras los créditos de Moscas comenzaban a deslizarse sobre la pantalla, una persona del público lloraba con lágrimas amplias; yo hacía lo mismo. No hubo otro remedio que ponerle la mano en su hombro; nos miramos. Y en esa torpeza íntima —en ese lenguaje anterior a la explicación— me di un abrazo con un portugués que por supuesto, nunca volveré a ver. No sé si aquella persona había cuidado a un familiar enfermo. No sé si había conocido la precariedad, la pérdida o esa infancia amenazada por el mundo adulto que Moscas retrata con una delicadeza casi insoportable. Pero ahí estábamos los dos, desconocidos unidos, por una película mexicana en blanco y negro, por un niño que busca a su madre, por una mujer que había olvidado cómo recibir amor. Eso, quizá, es el poder secreto de la nueva película de Fernando Eimbcke: recordarnos que la ternura no es un adorno moral, sino una forma de reconocer al mundo con ojos más tiernos. Moscas, quinto largometraje de Eimbcke, llega con la apariencia de una obra pequeña. Apenas tres vidas, un departamento, un hospital, una máquina de videojuegos, y las moscas. Olga vive sola, encerrada