La familia tiene la capacidad de repetir los mismos errores una y otra vez, generación tras generación, en cualquier parte del planeta. La película antológica de Jim Jarmusch presenta tres historias y tres relaciones fracturadas en distintas partes del mundo. Las tramas son vagamente similares: hijos visitan a sus padres para confrontar las jerarquías familiares y romper patrones tóxicos que se perpetúan solos. El director y guionista estadounidense consigue extraer una buena cantidad de humor de ello.
La primera historia ocurre en Estados Unidos. Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bialik) visitan a su padre (Tom Waits). La película juega con el arquetipo del anciano indefenso incapaz de cuidarse solo, haciendo que los hijos asuman el rol de cuidadores. Sin embargo, pronto se revela que, contrario a lo que creen, los roles nunca se invirtieron. El padre sigue siendo tan agudo y perceptivo como siempre, y continúa teniendo el control absoluto.
En el segundo segmento, ambientado en Irlanda, Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps) visitan a su madre. El tono sigue siendo irónicamente sarcástico. La figura materna (Charlotte Rampling) posee una presencia distinta: menos confrontativa, pero igual de intimidante. La autoridad aquí nunca es explícita, sino sugerida a través de críticas y pequeñas incomodidades. Su rol como madre castrante se vuelve evidente. Las dos mujeres, aparentemente independientes, terminan atrapadas nuevamente en las dinámicas de su infancia. Para su madre jamás serán iguales a ella.
Ambas historias comparten el mismo mecanismo: encuentros que parecen voluntarios y refrescantes terminan revelando las mismas estructuras de poder y opresión. Los padres funcionan como narcisistas necesitados de reafirmar su lugar dentro de la familia. Los hijos son incapaces de escapar a esas dinámicas. La repetición deja de ser únicamente un recurso narrativo y se convierte en una declaración: la familia puede adoptar distintas formas, pero el poder y la autoridad permanecen intactos.
La tercera historia se traslada a París. Los gemelos Skye (Indya Moore) y Billy (Luka Sabbat) regresan a la casa donde crecieron, aunque esta vez sus padres están ausentes. Lo que podría haber sido una liberación absoluta de la jerarquía familiar termina reafirmándola. Los hijos no utilizan su libertad para distanciarse o criticar a sus padres, sino para empatizar con ellos. Los objetos, los espacios y fragmentos de conversaciones reavivan emociones enterradas. La vulnerabilidad reemplaza parcialmente la ironía. Paradójicamente, es la ausencia la que permite el afecto.
Al permitir estos sentimientos tan tiernos, Jarmusch convierte al espectador en parte activa del sistema. El público se vuelve cómplice de aquello que las dos primeras historias parecían cuestionar. Observamos la absurdidad, rigidez y arrogancia de la estructura familiar, pero también se nos pide aceptar que el amor sostiene esas mismas ortodoxias. El autoritarismo del padre y la manipulación de la madre funcionan precisamente porque del otro lado existe ternura.
Father Mother Sister Brother cuenta con actuaciones de primer nivel, un guion cuidadosamente construido y tres historias suficientemente sólidas para funcionar por separado. La película ganó el León de Oro en la 82ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia.