Hay historias que parecen inventadas para el cine, y sin embargo no lo son. El chileno pertenece a esa categoría rara y valiosa: una película que retrata hechos reales tan improbables, tan cargados de dramatismo histórico, que si alguien las presentara como pura ficción sonarían exageradas. Verlas en la pantalla grande, sabiendo que ocurrieron de verdad, produce un efecto refrescante muy particular: la constatación de que la realidad, llevada con honestidad al cine, puede ser tan poderosa como cualquier guion inventado.

La película está inspirada libremente en el libro “Aldo Marín, carne de cañón”, del periodista chileno Juan Cristóbal Guarello, que reconstruye la vida real de un joven revolucionario nacido en el norte de Chile: de lustrar zapatos en Vallenar a militar en la Unidad Popular, exiliarse tras el golpe de Estado, recibir entrenamiento militar en Cuba, y terminar fabricando explosivos para un grupo armado de extrema izquierda en Italia. Aldo Marín murió en 1977, en Turín, mientras intentaba colocar una bomba en un atentado contra el diario La Stampa. Sergio Castro San Martín, director de “La mujer de barro” y “Mil pedazos”, decide no filmar una biografía convencional de ese destino trágico, sino concentrarse en el tramo de 1976 en que Aldo (Camilo Arancibia), experto en explosivos tras años trabajando en una mina, es forzado al exilio dejando en Chile a su esposa y a su hijo recién nacido.

Lo que la película entiende con particular sensibilidad es que el exilio no es solamente un desplazamiento geográfico: es un duelo. Aldo llega a Torino junto a su amigo y colega “El Chapa” (Andrew Bargsted) a sobrevivir con trabajos menores, y aunque ambos comparten el mismo origen y la misma pérdida, sus formas de habitar ese desarraigo se van separando poco a poco. El Chapa parece dispuesto a aceptar casi cualquier cosa con tal de insertarse en su nuevo entorno; Aldo, en cambio, se debate constantemente entre sus principios, sus lealtades y la angustia de haber dejado atrás a quienes ama. Esa tensión entre reinventarse y traicionarse a uno mismo es, quizás, el corazón emocional más universal de la película: la migración obliga a empezar de nuevo cuantas veces sea necesario, pero siempre a costa de algo, ya sean tradiciones, vínculos familiares o los propios valores con los que se creció.

La película también logra algo poco frecuente dentro del cine que retrata la experiencia migrante: no se queda únicamente en el registro del sufrimiento, la barrera del idioma o el choque cultural, sino que también muestra cómo ciertas características forjadas precisamente por la experiencia del exilio (la capacidad de adaptación, la urgencia de sobrevivir) permiten a algunos migrantes insertarse con relativa rapidez en un mundo laboral que, aunque hostil y precario, termina ofreciendo un lugar donde pararse. Ese matiz, ni completamente sombrío ni ingenuamente esperanzador, es lo que le da a la película su textura más honesta.

El punto de inflexión narrativo llega con Luciana (Sara Serraiocco), médica universitaria vinculada a grupos anarquistas que practica abortos clandestinos en una Italia donde el aborto seguía siendo ilegal. No es una historia de amor convencional, pero la relación entre ambos se convierte en el contrapeso humano y emocional frente a la dureza de todo lo demás: Luciana le ofrece a Aldo la posibilidad de reunirse con su familia, a cambio de que retome su antiguo oficio de fabricar explosivos para el movimiento armado. Esa negociación, entre el amor filial y la militancia, entre la supervivencia y la ideología, es donde la película encuentra su pulso de thriller político sin perder jamás su columna vertebral íntima.

Filmada en Chile, Italia y Suiza, con guion de Simona Nobile junto al propio Castro San Martín, la película tuvo su estreno mundial en la sección Piazza Grande del Festival de Locarno 2026, proyectada al aire libre ante casi ocho mil espectadores en una de las pantallas más grandes de Europa. Camilo Arancibia se llevó el Boccalino d’Oro por su actuación protagónica, un reconocimiento que confirma lo que se siente en cada escena: una entrega actoral que sostiene, con solvencia, el peso emocional de un hombre partido entre dos países que jamás terminan de sentirse como un hogar completo.

Da gusto, sinceramente, encontrar cine latinoamericano de esta calidad: una coproducción que se siente natural y no forzada, que dialoga con el cine político italiano de los años setenta sin perder su identidad chilena, y que logra hacer las paces con ese otro cine latino más explotativo, más apegado a la pornomiseria, que tantas veces ha simplificado nuestras propias historias de dolor y supervivencia. El chileno demuestra que se puede ser, al mismo tiempo, una película de relevancia histórica para Chile y para Italia, y una buena película sin más, medida con cualquier vara del cine mundial.